VICENTE A. MONTES ÁLVAREZ
Cuando desperté aún estaba reciente y casi podía tocar mi sueño. Se habían arreglado muchos problemas, incluso los de aquí, el del parque de la Luz, el del bulevar? Alguien, tal vez el presidente del Banco Europeo, había dispuesto que desapareciese el dinero. Sí. Se le entregaba a cada ciudadano una tarjeta, como las de viajes de autobús, con el respaldo económico que tenía en entidad financiera, y comerciantes o vendedores autorizados disponían de una maquinita que iba restando en las compras. Los bancos las recargaban con los ingresos. Nadie podía trapichear, nadie podía evitar los impuestos; sólo los mendigos acreditados disponían de maquinita y nadie podía meter dinero bajo las tejas ni evadirlo a otro continente. La crisis financiera dejó de existir. La pobreza y la riqueza acercaban sus dedos. No era necesaria tanta policía para control de ilegalidades? El despiadado despertador con radio de las siete de la mañana habló del euribor. Fuera, la noche aún; tan oscura como el dinero que mi sueño quiso derrotar.