FERNANDO GÓMEZ DE LIAÑO GONZÁLEZ
CATEDRÁTICO DE DERECHO PROCESAL DE LA UNIVERSIDAD DE OVIEDO
Desde el origen de los tiempos pensadores, filósofos y juristas se empeñan en encerrar en una definición el concepto del derecho que vive y se desarrolla en las esferas de las teorías y las disquisiciones subjetivas. Algunos lo acercan al tratado de lo justo y de lo injusto, pero no se puede confundir la justicia y el derecho. Además, desde que Kelsen en su estimable monografía («Qué es la justicia») demostró la subjetividad del concepto, por lo que no encontraríamos ayuda en esa atalaya. También se dice que el derecho está en las normas que regulan nuestra convivencia dentro de la sociedad, y algo de eso debe de haber cuando lo invocamos en nuestros conflictos. Pero resulta que sesudos magistrados de los altos tribunales muestran su disconformidad con la decisión del tribunal al que pertenecen a través de fundados votos reservados. O renombrados juristas asturianos discrepan abiertamente sobre cómo sucederse en unas listas electorales. Los propios magistrados de la Sala Primera del Tribunal Supremo han adoptado un «acuerdo» sobre la interpretación de un precepto de la ley de Enjuiciamiento Civil, en relación con la admisión del recurso de casación, calificado «contra ley» por generalidad de la doctrina. Pero bueno, como ellos son los que mandan, a veces tampoco sirve la propia ley para regirnos. Será por eso por lo que en algunos países no conocen el principio de legalidad y se orientan en los precedentes, para seguir una línea de uniformidad que les marque una orientación. Los romanos que sentaron ya los actuales cimientos jurídicos se valían de axiomas como «el dar a cada uno lo suyo» o «el no dañar a terceros». El primero choca abiertamente con la propia sociedad, que a unos les da mucho, a otros les priva de lo necesario, y el segundo se lo pueden explicar a esa señora que lleva varios años sin poder dormir por los ruidos del local contiguo, sin que encuentre modo eficaz de que desaparezca la lesión. Tantos años de evolución y progreso y la pobre señora no encuentra amparo en el derecho, como otros muchos que pierden hasta la salud buscando sus razones. Hace pocos días un amigo me pidió opinión sobre un caso aparentemente sencillo que debía resolver. Lo estudié y le dije que la ley daba una solución que parecía clara, pero las diversas resoluciones de los tribunales que encontré eran dispares en la conclusión, ante lo cual le tuve que decir que cualquiera sabe lo que le podía ocurrir. Y su contestación fue contundente: «Y para eso estudiáis tanto». Trate de explicarle que la sociedad precisa del derecho y, como su campo de actuación se presenta complicado, es preciso formar a buenos juristas para que resuelvan los problemas concretos, y de ahí que las sociedades más avanzadas traten de cuidar estos aspectos. Así como los poderes públicos deben velar por la seguridad jurídica, como base elemental no ya de un pretendido Estado de derecho, sino de la más elemental convivencia. Sí, todo eso muy bien.
Pero ¿qué será el derecho? En el fondo todos llevamos un abogado dentro y es frecuente oír opiniones de legos bastante razonables, por aquello de que el buen criterio y la razón es la principal fuente de derecho. Y todos hemos exclamado alguna vez eso de «¡no hay derecho!» ante cualquier tropelía, porque para muchas cuestiones no hacen falta grandes estudios. Seguiremos divagando sobre el derecho, pero la verdad es que ahora no nos sirve para saber quién debería ser el alcalde de Pola de Siero. Si por una vez dejásemos actuar a la democracia y a los concejales elegir a su alcalde, sin inmisiones partidistas, encontraríamos la solución. Pero el derecho ¿qué dice? Los doctores han hablado y, una vez más, no hay acuerdo.