24 de mayo de 2012
24.05.2012
El paragües

Toulouse

24.03.2012 | 05:29
Toulouse

Me acerqué a su cama y contemplé su último sueño de ocho menos cuarto. Sentí reparo en despertarla. Aparté sus desgreñados cabellos rubios caídos sobre la mejilla y le di un beso sonoro a la vez que le decía suavemente: «Arriba, cielo, es la hora». Mientras entreabría los ojos hizo un ruidoso desperezo integral para inmediatamente sonreírme. Poco después ya estaba en la mesa ante las galletas con mantequilla, comentándome que tenía sueño, aquella mañana más que otras. Creo que le hablé de sus responsabilidades de niña de 7 y de la escuela. Le gustaba llegar temprano al colegio. De camino contamos pasos, recordamos el seis de la tabla de multiplicar e identificamos el canto lejano de un mirlo. A la entrada del colegio repetí el beso sonoro y ella su sonrisa. Y entonces sentí que se me anudaba la garganta porque existen motos de gran cilindrada, personas que confunden ángeles y diablos. Siempre pensé que los niños no tienen más sangre que la que puede brotar de un restregón o de la nariz; pero tienen mucha sangre y muy roja que huele a besos y a adiós.

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