Siero, Noreña y Llanera / El delicado estado de un inmueble de gran valor

La doble tragedia de la Torre de Celles

l El patrimonio asturiano corre grave riesgo de perder por ruina el monumental palacio barroco sierense, que además está habitado por una pareja y otra vecina
l En las últimas décadas sólo se han llevado a cabo obras menores en el edificio, que luce todavía una espléndida fachada de gran calidad artística

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Piso alto casi  desaparecido. De las cuatro crujías del edificio, el piso alto del patio ha desaparecido en tres de ellas, conservándose únicamente el tramo correspondiente a la panda noroeste -tal como se aprecia en la imagen-, donde reside un matrimonio. Su estado actual es muy diferente del que tuvo en origen. | franco torre
Piso alto casi desaparecido. De las cuatro crujías del edificio, el piso alto del patio ha desaparecido en tres de ellas, conservándose únicamente el tramo correspondiente a la panda noroeste -tal como se aprecia en la imagen-, donde reside un matrimonio. Su estado actual es muy diferente del que tuvo en origen. | franco torre 
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Celles (Siero),


Franco TORRE


Para los historiadores del arte, los expertos en patrimonio histórico artístico y las entidades culturales, el palacio de la Torre de Celles es una auténtica joya, una de las construcciones más sorprendentes y singulares de Asturias. Para los tres inquilinos que habitan, aún hoy, sus dependencias, es simplemente, su casa. Pero unos y otros coinciden en su preocupación por un edificio cuyo alarmante estado de ruina puede derivar en un derrumbe de dramáticas consecuencias. Es la doble tragedia del palacio de la Torre de Celles.


La singularidad de este palacio reside en una magnificencia nunca vista en edificios ubicados en zonas rurales. De origen altomedieval, el actual palacio fue edificado en el último tercio del siglo XVII por iniciativa de Pedro Argüelles Quirós y Valdés, deán de la catedral de Oviedo, quien encargó su traza al arquitecto cántabro Diego de Gajano, en 1668.


Pero la gran calidad de algunas partes, en concreto la fachada principal, parece apuntar a que en la obra colaboró otro arquitecto de más nivel que bien podría haber sido el gallego Domingo de Andrade, a quien Pedro Argüelles encargó en 1695 la traza para el desaparecido retablo de San Juan de Celles.


Esa suntuosa fachada principal, que está enmarcada por dos torres más propias de los palacios urbanos de la época que de las construcciones rurales, es, curiosamente, la parte mejor conservada del edificio, cuya ruina se aprecia en toda su extensión en el interior. Del antaño espléndido patio ha desaparecido todo el piso superior, a excepción del tramo de la crujía noroeste, que se mantiene en pie por los trabajos realizados durante años por un matrimonio que reside en esa parte del edificio.


La fachada noreste, por su parte exterior, está atenazada por una enredadera, mientras que la crujía suroeste, donde en otro tiempo se erigía una magnífica escalera que daba acceso al piso superior, está completamente arruinada. «Es la parte que más me preocupa. Como venga una nevada de las fuertes, se va abajo», señala Pilar Fernández, la tercera inquilina del palacio, que ocupa una pequeña vivienda en el piso bajo de la crujía sureste.


Pilar Fernández lleva toda su vida residiendo en el palacio. Su familia lleva ocho generaciones habitando el edificio, pese a lo cual no tiene relación con la propietaria, que reside en Madrid. «Hace lo menos veintiún años que no la veo», afirma Pilar Fernández.


Una visita con ella por las dependencias del palacio vale tanto como una lección de historia: «Yo ni siquiera vi el piso alto, ya se había caído cuando nací. La capilla, que estaba al lado del palacio y de la que sólo quedan dos paredes, se destruyó durante la Guerra Civil. Después, en 1960, mi familia retejó la Torre. Y poco más se ha hecho desde entonces», señala la inquilina.


El olvido al que se ha visto sometido el palacio es lo que más duele a Pilar Fernández: «¿Para que lo nombraron monumento nacional, para qué lo declararon Bien de Interés Cultural (BIC), si después van a dejarlo caer?», se lamenta. Porque en este punto Pilar Fernández ya ha superado la indignación y el miedo. Ahora sólo le queda la resignación: «Qué le vamos a hacer. Reparar la Torre cuesta un porrón de millones. Tengo claro que no se va a hacer nada».

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