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Párroco de San Pedro

La simpatía a quintales

01.12.2015 | 03:56
La simpatía a quintales

Con la muerte de Bautista, el clero asturiano ha perdido mucho peso. La frase, que, para quien haya conocido a este cura, puede entenderse bien en sentido literal, tiene sin duda un ganado sentido alegórico. Bautista fue un hombre con peso específico. Además de una inmensa simpatía muy cercana y un sano humor, estaba dotado de un conjunto de cualidades y valores humanos que lo hicieron uno de esos personajes que marcan huella y que dejan tras de sí mil anécdotas cuyos dichos y recuerdos sirven para sazonar conversaciones y pasatiempos.

Era listo, hábil, ocurrente, diplomático, buen negociador, con esa bondad natural que suele arropar a las personas voluminosas, buen charlatán, de palabra fácil e imaginativa, negociador de pactos, de fidelidad a la Iglesia, incursionista en la vida social y política, con facilidad para las relaciones públicas, amigo de hacer y pedir favores, comprometido? y, como dice el refrán, "cocinero antes que fraile", siendo uno de sus mejores platos el conejo a la cazuela.

Nació en El Entrego en 1941. Después de iniciar los estudios de Bachillerato ingresó en el Seminario, aconsejado por su párroco, un sacerdote también ocurrente, sagaz y buenísima persona como fue D. Saturnino. Conocí a su madre, encantadora, por lo que se puede decir que la simpatía le venía de raza.

La contextura de su cuerpo no sólamente le apartó de practicar los deportes, es que ni siquiera tenía la más mínima afición a ninguno de ellos. Les tenía alergia. Normal. Pero él fue siempre centro de atracción por su carácter afable y por sus preocupaciones pastorales, porque Bautista quiso ser una persona comprometida y con sensibilidad social.

Su primer destino, una vez ordenado sacerdote, el 25 de junio de 1966, fue de coadjutor en la extensa parroquia de Valdesoto, estando de párroco D. Pedro Parajón, hombre bueno, serio, señor cura de aquellos de teja y manteo, de vida muy reglamentada y conforme a derecho. Bautista llegó con nuevos métodos pastorales, creando grupos apostólicos como consiliario de la HOAC y revolucionándole la feligresía. Las anécdotas que contaba luego se parecían a las del Lararillo de Tormes. Eran los tiempos posconciliares. La teología y las universidades europeas habían tenido un destacado papel. La asignatura, antes cenicienta, de Pastoral y Catequesis había subido muchos enteros. Aprovechado la oportunidad de la atención a los emigrantes españoles en una céntrica parroquia de París, cursa estudios en el Instituto Católico.

A la vuelta será reclamado por Celestino Granda para ser su colaborador en la Delegación de Catequesis. Fue la etapa más amplia de vida pastoral, casi veinticinco años, primero como inspector de la asignatura en los Institutos y luego como delegado.

Finalizaban los años de bonanza y comenzaban los conflictos, los debates sobre los contenidos doctrinales y la legitimidad de la asignatura que todavía perduran. Por sus conocimientos y contactos en los inicios de la transición fue consiliario de la JEC, y por su natural habilidad ante los recortes que se anunciaban supo ser un buen negociador, sabiendo manejar a la izquierda y contentar a la derecha.

En 1991 es nombrado párroco de Pola de Siero. Acostumbrado a la vida administrativa y de despacho, le tenía un

poco de miedo a la vida parroquial. La idiosincrasia y el talante de la feligresía polesa le vinieron como anillo al dedo. Se encontró feliz e hizo felices a los demás. Se hizo querer enseguida. Sus prédicas, con la espontaneidad que le caracterizaba, las entreveraba con mucha salsa.

Eso sí, tenía más ideas e iniciativas que posibilidades de realizarlas todas, por eso necesitó siempre de la ayuda del coadjutor y compañero a quien él echaba el ojo primero y luego convencía a la superioridad, a la que sabía cortejar, para que lo nombrara para la parroquia. Fueron famosas las bendiciones en bable de la fiesta de los Güevos Pintos, llenas de ocurrencias y picarescas -"de una vaca roxa non pue salir un xiatu pintu"-, con alusiones a los acontecimientos sociales, políticos y vecinales, municipales y parroquiales. Así acabó ganando en el conflicto a costa del famoso muro de la parroquia.

Hace dos años, con gran sentimiento, se vio obligado a dejar la vida pastoral. Su obesidad mórbida que, a medida que avanzaba en la edad, le causaba más problemas, tuvo todas las complicaciones propias de esta enfermedad, necesitando trasplante de riñón.

Él llevó siempre a cuestas sus muchos kilos, y las carencias y restricciones que le imponían, con gran salero, pero al final no tuvo más remedio que soportar el retiro en la Casa Sacerdotal, pasando después a la Residencia de ancianos de Villaviciosa. Dura prueba.

No perdió el humor, siguió siendo él hasta la noche del sábado al domingo, en la que nos dejó. Su mucha bondad transfiguró su cuerpo para volar ahora ya grácil y ligero al cielo.

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