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De aquí a Lima

La fallida reconversión minera de Siero

El concejo en el que nació la minería asturiana y que acogió el primer pozo vertical ha visto fracasar en una década todas las políticas de diversificación

06.12.2015 | 04:34
Castillete de la antigua mina de Solvay.

La minería asturiana tiene su origen en Siero. A mediados del siglo XVIII, un incendio fortuito en un monte de Carbayín descubrió un yacimiento de piedra de carbón. De aquella casualidad, del albur de una veta en superficie, se extrajeron de forma rudimentaria las primeras rocas de hulla en Asturias.

Pero también la extracción vertical, la minería con mayúsculas, la que forjó el recio carácter de décadas, territorios y generaciones de familias asturianas, nació en las entrañas del cuarto concejo de la región. No se horadó primero el valle del Nalón, ni el del Caudal; ni tampoco el suroccidente minero. El pionero fue, en 1917, el valle de Pumarabule, el pozo del mismo nombre, conocido también como el pozo de la Muerte. Allí, arrullado por los ecos de la revolución rusa que inquietaba a los trabajadores, el ingeniero Joaquín Velasco dirigió la primera profundización extractiva de Asturias.

Por otro lado, fue otra explotación minera de Siero, La Paulina, de la que aún se conservan vestigios en Cerezales, la primera mina de montaña de la región. Al menos así lo testimonió Jovellanos en la ruta a caballo que realizó el 21 de octubre de 1790 con origen y destino en el palacio familiar del marqués de Canillejas, en Leceñes (Valdesoto). Allí había nacido su abuela paterna, Serafina Antonia Carreño (1680-1716), y allí conservaba aún familia. Hoy esa ruta, en la que el ilustrado gijonés encontró explotaciones "riquísimas y excelentes", es un interesante recorrido circular de 23 kilómetros que acerca al viajero al Siero del carbón y le permite contemplar, por ejemplo, la llama "perpetua" del mechero de Saús, un fuego entre las rocas de un castañedo, activo desde 1978.

La minería también situó al concejo en la cúspide de la ingeniería del XIX. Para transportar el mineral por tren entre los yacimientos sierenses y los puertos de Gijón y Avilés se abrieron en 1849 el túnel de Conixu, el primer paso ferroviario de entidad que se hizo en España, y el famoso plano inclinado de San Pedro, una ingeniosa solución que salvaba una pendiente por compensación de vagones cargados y vacíos.

Siero fue minero durante casi tres siglos hasta que hace ya casi 11 años, en febrero de 2005, se cerró Pumarabule, en Carbayín, donde hasta el campanario de la iglesia imita un castillete. Cuatro años antes se había detenido para siempre la jaula del pozo Siero, en Lieres; una mina con un singular castillete de hormigón que, como la barriada, nunca se desprendió del todo de nombre de Solvay, la compañía belga que la explotó durante siete décadas, entre 1903 y 1973.

El otro pozo sierense de referencia, Mosquitera, profundizado en 1946 con grandes fastos y en presencia de Franco, tuvo un trágico final 43 años después. El 22 de diciembre de 1989 un terrible incendio dejó atrapados en su interior a seis mineros e intoxicó a varias decenas en un turno en el que había 200 trabajadores. Cuatro hombres perdieron la vida, entre ellos un padre y un hijo. Hunosa lo cerró para siempre, pero el incendio estuvo activo dos años.

Los pozos de Lieres y Carbayín llegaron a tener más de dos mil trabajadores. Entre las dos parroquias y la vecina y tangencialmente minera de Valdesoto alcanzaron en los años del esplendor minero los 12.000 vecinos. Hoy apenas viven allí 5.000 personas.

Y es que el concejo de Siero alumbró la minería asturiana, pero también fue el primero en sufrir su declive. La veta que se quemó en el monte de Carbayín fue la punta de un negro iceberg que hace dos décadas que se derrite lentamente. Hunosa, con 20.000 mineros hace 25 años, apenas tiene hoy 1.300 trabajadores.

El Siero carbonero tendría que haber sido el pionero de la reconversión, la punta de lanza de la diversificación de los territorios mineros asturianos, el banco de pruebas de la reindustrialización, y más desde la perspectiva metropolitana que le confiere su privilegiada ubicación geográfica. Tendría que haberlo sido por sí mismo, pero también porque su senda la seguirán, la siguen ya, el Suroccidente y las comarcas del Nalón y el Caudal. Pero ha fracasado.

Un polígono industrial en Lieres desierto desde 2011, incapaz de atraer a una sola empresa ni con la mejora de accesos que le supone la "Y" de Bimenes; un centro tecnológico de la madera en Carbayín que tenía que haber arrancado en 2007 y no abrirá al menos hasta el próximo marzo; una escuela de oficios que tuvo un cartel, pero que nunca llegó a tener ni un pupitre; un área industrial tantas veces prometida como incumplida en Pumarabule... Son algunas de las cicatrices de una reconversión que hasta el momento se ha revelado fallida.

Hunosa no siempre ha tenido en cuenta a Siero en su política de diversificación. Ahora parece que sí. María Teresa Mallada comprometió para la semana que mañana empieza la presentación del centro logístico de tratamiento de madera en Lieres. Un secadero y una planta astilladora para crear biomasa para calefacción. La hullera tiene en Asturias 43 millones de metros cuadrados de terreno, casi 4.000 hectáreas solo de montes, y quiere sacarles partido. En palabras de su presidenta, "convertir la madera en el nuevo carbón". Y ha pensado en Siero.

Las palabras de Mallada y alguna alusión del SOMA al turismo industrial fueron casi todo lo que los agentes sociales del carbón dijeron sobre reconversión en sus soflamas de anteayer con motivo de la patrona: Santa Bárbara. La errática, insensible y mentirosa política energética del ministerio/ministro de Industria ha provocado una frenética desesperación sindical por proteger con uñas y dientes el mayor trozo posible de la tarta energética, y la diversificación se ha quedado a un lado. Y el carbón se muere, pero los territorios permanecen.

David Foster Wallace contó en 2005 a sus estudiantes de Artes Liberales de Ohio una fábula que es ya un clásico de agitación de conciencias. Es la historia de dos peces jóvenes que van hablando y se cruzan con uno más viejo que tras saludarlos les pregunta: "¿Chicos, cómo está el agua?" Ellos siguen nadando y hablando y al rato uno le dice al otro: "¿qué demonios es eso del agua?".

Entra dentro de la lógica y la obligación política que patronal y centrales mineras se resistan con uñas y dientes a aplicarle la eutanasia al carbón, pero también cabe que, junto con las distintas administraciones, procuren reparar los -numerosos- fracasos acumulados y se esfuercen en reinventar y mejorar sus propuestas de diversificación. No sea que estén tan ocupados en nadar que no sepan qué demonios es el agua.

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