Los niños candasinos, con las manos en el barro

Los pequeños realizaron sus propias piezas en el taller de alfarería organizado en Ortiz, en el marco de la "Fábrica de sueños"

06.12.2015 | 12:02
Gloria Penedo, Lucas Pérez, Julia García, Hernán Calzada, Claudia Pupatello, Adriana Estrada y Ayla González trabajan el barro guiados por Ana Jaro y Raúl Rodríguez.

Los niños de Candás tuvieron ayer la ocasión de mancharse bien las manos sin que sus padres los riñesen. Fue en el taller de alfarería que se convirtió en el atractivo estrella del salón de Navidad "Fábrica de sueños", las actividades organizadas por la Unión de Comerciantes en la antigua fábrica de Ortiz.

La idea era que los niños diseñaran sus propias figuras y después las plasmasen en el barro. Con la ayuda, por supuesto, de los expertos Ana Jaro, Raúl Rodríguez y Silvia Menéndez. Al principio, todos comenzaban con dudas e indecisiones. Iker Gómez, por ejemplo, decía nada más sentarse en la mesa de diseño: "Yo elijo ese jarrón rojo". Al poco, sin embargo, preguntó: "¿Y si me gusta otro, lo puedo hacer?".

Las dudas de Antonio Cuervo iban incluso más allá. Estaban relacionadas con sus propias aptitudes. "Yo no tengo mucha creatividad", dijo, convencido de que aquello no era lo suyo. Sin embargo, cuando la maquinaria de la creación se puso en marcha, todos se olvidaron de las vacilaciones.

La primera fase, aunque importante, no dejaba de ser algo a lo que estaban relativamente acostumbrados: dibujar. Otra cosa bien distinta era ponerse delante del torno a modelar el barro. Eso les entusiasmó a todos.

Según explicó Ana Jaro, la alfarería es un oficio muy difícil, sobre todo en dos aspectos que hay que dominar y que, ayer, no daba tiempo a que los niños se hicieran a ello: conseguir que el barro tenga la textura justa y, sobre todo, que esté bien centrado en el torno. Esto ya lo hacían los expertos, para que los niños disfrutasen dándole forma, levantándolo y agujereándolo.

Todos ellos disfrutaron enormemente de la experiencia, y se fueron cada uno a su casa con un jarrón distinto. "Están acostumbrados a otra cosa, a jugar con pantallas y otros juegos, y mancharse las manos les gusta mucho, es muy novedoso y distinto para ellos", aseguró Ana Jaro.

Además, apuntó que los niños aprenden "a ser pacientes, ya que el barro lleva su tiempo, y también a comprender que no todas las cosas salen a la primera".

Y otra cuestión es la diversidad. Comoquiera que el barro es tan inestable, "puedes tratar de hacer veinte jarrones iguales, pero ninguno te va a salir igual". Bien o mal, todos los niños se llevaron su premio: la alegría de crear.

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