La Villa Condal honra su pasado zapatero

"La hostelería debería recuperar el menú de San Crispín", animan los asistentes al homenaje municipal a los artesanos

26.10.2016 | 03:49

"No hay carretera ni camino de Asturias que no haya sido hollado por los zapatos de Noreña". Esta expresiva sentencia, debida a la pluma de Armando Palacio Valdés, refleja la relevancia que el gremio de los zapateros llegó a tener en la Villa Condal. Un pasado que ayer, coincidiendo con la onomástica de San Crispín y San Crispiniano (patronos de los zapateros), fue objeto de un homenaje, de un sentido reconocimiento, por parte de los noreñenses.

El homenaje, impulsado por Fernanda Valdés y organizado por el Ayuntamiento de Noreña, cristalizó en la inauguración de una placa, obra del escultor José Luis Iglesias Luelmo, en la plaza de la Nozalera, donde antaño se localizaban varios talleres de zapatero. Pero, además, el propio Luelmo y el Ayuntamiento de Noreña hicieron entrega del boceto de la placa -que reproduce las manos de un zapatero en plena faena y la cita de Palacio Valdés, recuperada por el cronista oficial Miguel Ángel Fuente- a una veintena de descendientes de artesanos de la localidad.

"En Noreña, cuando yo era niña, todos eran zapateros", recuerda Fala Blanco, hija de Valerio Blanco, "Bartolín", y la persona que descubrió la placa. Junto a su hermana Encarna, Fala Blanco fue la última residente de las casas de los zapateros de la calle de la Iglesia, en la que residían varias familias del gremio. "Yo nací en esa casa. Gabrielón y Eloy Cuesta, 'El Mosquitu', eran vecinos nuestros", afirma Fala Blanco. "Cada zapatero tenía su banco de trabajo y madrugaba mucho, se levantaba a las seis de la mañana para aprovechar la luz, porque trabajaban con luz natural", añade su hermana Encarna.

También desciende de un zapatero Pilar Junquera, que regentó hasta este mismo año, en que se jubiló, la confitería Casa Alicia. "Mi abuelo, José Álvarez Arbesú, trabajó en un taller hasta los 35 años, que se pasó a la hostelería", relata.

Fue en el año 1932 cuando Pepe Álvarez y su mujer, Alicia Rato, abrieron la emblemática confitería. De sus años como zapatero, no obstante, Álvarez siempre recordaba el buen trato que recibió: "Contaba que pagaban por él la perrona desde el primer momento", explica Junquera. "La perrona" era una cotización para la jubilación.

"El gremio de los zapateros era muy importante en Noreña", añade Fernanda Valdés, que ha investigado esta industria e impulsado el reconocimiento. "San Crispín era una fiesta local, e incluso tenía un menú propio. Estaría bien que los hosteleros lo a recuperasen", concluye.

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