02 de abril de 2018
02.04.2018
Una celebración que cumple medio siglo como fiesta de interés turístico nacional

"El Ventolín" inaugura hoy la Semana del folclore astur

02.04.2018 | 01:39

Hay tradiciones que se mantienen intactas con el paso del tiempo, y otras que, aunque mantienen su arraigo, evolucionan enormemente. Entre estas últimas está la fiesta de los Güevos Pintos de la Pola, que cada año tiene las mismas actividades y la misma emoción, un espíritu difícil de transmitir si no se ha vivido, pero que ha visto cómo su gran seña de identidad, los propios güevos pintos, se ha apartado muchísimo de la tradición para convertirse en otra cosa bien distinta.

Ejemplo de ello son los puestos de venta de güevos que han estado en la plaza cubierta a lo largo de toda la Semana Santa en un año que la festividad cumple medio siglo declarada de interés turístico nacional. Fue en 1968 cuando logró la etiqueta.

En los puestos se han visto unas pocas personas dedicadas a lo más tradicional -huevos cocidos a fuego lento y con un trapo para que no se rompan, pintados mayormente a tinta china y con estampas asturianas- y el resto con propuestas adaptadas a los gustos de los principales compradores.

Estos van desde huevos pintados con escudos de equipos de fútbol o personajes de dibujos animados, a huevos vestidos y adornados con telas. Entre las artesanas tradicionales está Teresa Ardura, que lleva casi 40 años con puesto en la fiesta, y que ha heredado la tradición de su familia. "Yo utilizo huevos de pato, que son menos rugosos, y los dibujo a lápiz antes de cocerlos, y una vez cocidos, los pinto en caliente con tinta china para que quede bien fijada, así se consigue una textura muy buena", explica. En su caso, nunca se ha planteado renovar, porque lo suyo es lo tradicional. "Creo que todos tenemos nuestro público, y sobre todo a la gente de la Pola le gustan los huevos más tradicionales".

Mari Carmen Castro, al contrario, pinta los huevos que pide el público nuevo, especialmente los niños. "Lo que más se vende son los escudos de los equipos de fútbol, algunos los solemos pintar sobre la marcha, a demanda, y los dibujos animados: este año lo que más se vende son los unicornios, están de moda", señala. Ella lleva 25 años pintando, y aunque la temática es nueva, los elabora también al modo tradicional, cocidos.

Otros muchos prefieren vaciarlos para que no haya problemas de olores si se rompen. Es el caso de Verónica García, que en su puesto tiene gran variedad, desde los de motivos tradicionales hasta personajes de la tele u otras creaciones. Ella es una de las artesanas que ha optado por revestir algunos con tela para crear personajes. Ha sido un acierto, a juzgar por las ventas. Unas brujas hechas con tela, y unos búhos-bruja que son la novedad de este año están teniendo un enorme éxito.

Nancy Velásquez tampoco se ha decantado por solo un estilo. Ha pintado huevos al estilo tradicional, otros los ha diseñado para recrear personajes de la tele o del cine, y ha probado con temáticas autóctonas poco explotadas. Es el caso de los mineros, una línea de huevos de la que otros años apenas había pintado y que este año se decidió a desarrollar con mucho éxito de venta.

La propuesta de otra vendedora, Denís Martínez, es muy tradicional en el contenido y muy innovadora en la forma. Ha hecho numerosos huevos de temática asturiana: escanciadores dentro de un vaso de sidra, piragüistas, botellas de sidra, romeros en el prau de El Carmín y todo tipo de personajes asturianos, pero con huevos pintados en parte y también aderezados con telas.

Lo más significativo, y en lo que todos están de acuerdo, es que los huevos que venden son, en su mayoría, viajeros. Los turistas los compran para llevárselos, y la gente de Asturias suele adquirirlos para regalarlos. "Mucha gente los manda fuera, es lo más normal, y muchos huevos van por correo, nos piden cajas para llevarlos protegidos", explica Verónica García.

En cuanto al precio, han pactado un mínimo de cuatro euros por pieza, y lo más normal es que los normales de gallina cuesten cinco. Una cantidad que no es excesiva teniendo en cuenta el trabajo y, también, lo mucho que duran aunque parezca lo contrario. "Yo tengo huevos en casa de hace casi treinta años", asegura Teresa Ardura.

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