Oviedo, Ángel FIDALGO
«La fotografía tiene que sugerir, no exhibir. Convertir la materia muerta en algo vivo. Debe ser como el erotismo, y no como la pornografía. Con estos conceptos me acerqué a La Habana». Carlos Casariego (Oviedo, 1952) presentó ayer, en el Club Prensa Asturiana de LA NUEVA ESPAÑA, una proyección que tituló «La Habana, un proyecto fotográfico». En las paredes del salón de actos se mostraron once fotografías de La Habana Vieja. El acto estuvo organizado por Tribuna Ciudadana, y fue su presidente, Alfonso Toribio, el encargado de dibujar a los asistentes un perfil biográfico y artístico del invitado. Carlos Casariego, que es un buen conocedor de las nuevas tecnologías, utilizó el programa Google Earth para descubrir virtualmente La Habana, callejear y descubrir los edificios que más le interesaba fotografiar.
En esta búsqueda le ayudaron también mucho los libros que leyó sobre la capital cubana, sobre todo «El siglo de las luces», de Alejo Carpentier, y «La Habana para un infante difunto», de Guillermo Cabrera Infante. Gracias a ellos, confesó, descubrió rincones insospechados y también aprendió a amar los vestigios de La Habana colonial. «Viajar a La Habana es como hacerlo en el tiempo, se trata de una experiencia única que te traslada a los años cincuenta, donde te encuentras con gente que ves que vive muy feliz, aunque carezcan de las necesidades básicas», explicó el fotógrafo durante su intervención. Casariego tuvo que realizar dos viajes a la isla caribeña para completar su reportaje. «Yo quería hacer mis fotografías en La Habana, no en otro sitio, y conseguí mi objetivo», afirmó.
En el subconsciente tenía clavado un libro que le regaló su hermano Miguel sobre la arquitectura de La Habana. «Primero lo ojeé, después lo leí y finalmente no pude dormir en toda la noche pensando en ese maravilloso estilo arquitectónico», señaló con nostalgia.
Pero antes de hablar y de describir con pasión la capital cubana lo hizo de su ciudad, Oviedo, en la que pasó su niñez y en la que «fui feliz en una familia feliz». De sus recuerdos infantiles ovetenses perviven intactos las barracas, «con olor a moscatel y churros», y el Día de América en Asturias, «con su desfile de carrozas y grandes haigas».