Oviedo, Ángel FIDALGO
La misionera laica ovetense Carmen Bascarán y el misionero italiano javierano Gigi Signori mostraron ayer, en el Club Prensa Asturiana de LA NUEVA ESPAÑA, la cara más dura de los pueblos a los que están dedicados en cuerpo y alma.
Bascarán en Brasil, en el Centro de Defensa de la Vida y de los Derechos Humanos, en una pequeña ciudad, Açailândia, en el distrito de Pequiá, y Signori, en el Centro Juventud Kamengue, en Burundi. Antes realizó su apostolado en Camerún y Chad. El acto estuvo organizado en colaboración con Manos Unidas.
«Conseguir un desarrollo sostenible y recursos suficientes para todos los habitantes de la tierra es posible». Con esta frase tan rotunda como esperanzadora realizó la presentación del acto Marta Fano, de la ONG Manos Unidas. No obstante, alertó del largo recorrido que es necesario hacer en esta sociedad, «que está movida en gran parte sólo por los valores materiales». En este contexto se refirió también a las calamidades que está causando el cambio climático, «los más vulnerables son los más pobres de los pobres».
Carmen Bascarán comenzó su intervención con un relato desgarrador en el que describió su llegada a Brasil, adonde se trasladó de la mano de su hermano Carlos, sacerdote y misionero comboniano. «Las niñas a los diez años eran prostituidas y los bebés de pocos meses morían en mis brazos. Sabía que era necesario hacer algo muy rápidamente, pero no sabía el qué».
Esta misionera laica tuvo muy claro que lo primero que tenía que hacer era «defender la vida en un lugar donde la gente moría de asco, de indignidad o de pena, y los que sobrevivían lo hacían trabajando de esclavos».
Y es que para poder sobrevivir era cuestión indispensable aceptar la condición de esclavos o dedicarse al tráfico de drogas o la prostitución, pero el fruto de la labor de Carmen Bascarán terminó por llegar, y consiguió que el Gobierno brasileño hiciera pública una lista con los empresarios que utilizaban esclavos, a los que retiró cualquier beneficio económico.
Pese a los evidentes logros alcanzados durante su estancia en Brasil, considera que el futuro del Centro de Defensa de la Vida y de los Derechos Humanos aún no está despejado. «Antes tenemos que cambiar el mundo en el que vivimos, porque es un crimen».
El padre Signori, que lleva veinte años en África, pidió la ayuda de los países europeos para atajar todos los males que padece África. Subrayó que «quien pierde en la insolidaridad son los insolidarios, pero quien lo paga son los pobres». En el Centro Juventud Kamengue trabaja para conseguir su utopía: «Que los jóvenes consigan hacer una sociedad diferente».