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Amador Menéndez: «El agua llegó con los meteoritos; somos un poco extraterrestres»

El investigador asturiano del Instituto Tecnológico de Massachusetts (MIT) ofreció una charla científica llena de demostraciones sobre el terreno que entusiasmó al público

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Amador Menéndez: «El agua llegó con los meteoritos; somos un poco extraterrestres»
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Eduardo GARCÍA

La Tierra es un pálido punto azul que flota en un universo del que apenas conocemos una esquina. «Ese pálido punto azul somos nosotros, y habitamos en él, en el único hogar que hemos conocido», decía el científico Carl Sagan. El investigador asturiano Amador Menéndez, del Instituto Tecnológico de Massachusetts (MIT), recordó ayer al público que abarrotó el Club Prensa Asturiana de LA NUEVA ESPAÑA los peligros de nuestra vulnerabilidad y las paradojas de nuestra civilización: en un planeta donde las tres cuartas partes de su superficie son agua, cinco millones de personas mueren cada año de sed.

«Química, luces, cámara... y reacción» fue el título de la charla de un divulgador genial, premio europeo de divulgación científica 2009, dentro del ciclo organizado con la colaboración del Colegio de Químicos de Asturias y León y la Asociación de Químicos.

La primera imagen para Leonardo da Vinci, un sabio renacentista que sabía de todo. Un Leonardo es hoy imposible, porque lo que hoy funciona «son los equipos de investigadores renacentistas, la ciencia como obra colectiva», dice Amador Menéndez.

l Somos extraterrestres. Ese pálido punto azul con que empezó su charla lo es porque hace un puñado de millones de años los meteoritos nos trajeron el regalo mágico del agua. Somos producto del agua «y por tanto un poco extraterrestres». Habitamos el planeta gracias, entre otras cosas, al efecto invernadero, que captura la radiación solar. Sin él la Tierra sería una bola de hielo, pero con demasiado efecto invernadero acabamos por asarnos.

Menéndez puso un ejemplo: «Bastaría con que se fundiese una tercera parte de los polos para que el nivel de agua subiera cinco metros y el mar avanzara treinta: "¡Desaparecería Gijón!"». Murmullos en la sala, no exentos de alguna ironía. «¡Y tras Gijón, Oviedo!». Más murmullos. Y de seguir ese proceso imparable del invernadero «en Cangas del Narcea se podrían tirar voladores desde la playa». Mejor dejarlo como está.

La charla tuvo momentos culminantes como cuando Amador Menéndez hizo subir al estrado a Carla, Julia y Rodrigo, los tres niños que le echaron una mano. «Son los ingenieros de Massachusetts. Yo sólo soy su becario. Ellos llevaron a cabo sobre la marcha dos experimentos de luz. Uno relacionado con la piezoelectricidad, o sea, la generación de electricidad por presión: átomos de oxígeno y silicio capaz de generar luz ante determinados estímulos, como por ejemplo el sonido. Cuatro sensores de diferentes colores reaccionaron con su luz a los acordes del «Asturias, patria querida». Fue como asistir a la danza de los átomos.

l La bombilla del amor. El segundo experimento parecía ciencia ficción, pero es real como la vida misma. Se trata de un prototipo de energía eléctrica inalámbrica, a modo del wi-fi que tenemos en casa. Un emisor «lanza» la energía, y un receptor con bombilla la recibe y la recoge. Y la bombilla se encendió entre el aplauso de los espectadores, que ayer tenían aspecto de asistir no a una sesuda conferencia sobre teoría química, sino a todo un espectáculo.

Amador Menéndez habló de proyectos concretos, muchos de los cuales están asociados a su Instituto de Tecnología. El coche avión, un prototipo con el horizonte ya cercano de su comercialización, compuesto con materiales tan livianos pero a la vez tan resistentes (nanotubos de carbono) que es capaz de despegar a una velocidad de 120 kilómetros por hora. Como en un episodio de dibujos animados. Lo vimos despegar en la pantalla, por si hubiera alguna duda.

O la bombilla que reproduce casi a la perfección, y a través de una precisa combinación de puntos cuánticos, la luz del sol. «Se la conoce como la bombilla del amor, porque la luz del sol genera testosterona, la hormona sexual masculina. Con esa luz el varón gana en eficiencia. El que la necesite, que me la pida» (la bombilla). O las nanopartículas contra el cáncer que son capaces de viajar por el interior de nuestro organismo, detectar las células enfermas y acabar con ellas sin tocar un pelo a las sanas. O el proyecto en el que él está enfrascado desde hace años en el MIT norteamericano: convertir las ventanas de nuestras casas en pequeñas centrales fotoeléctricas, fuentes de energía constantes gracias a nuevas técnicas de nanotecnología y a una estrella maravillosa a la que llamamos Sol: «Una hora de sol bastaría para aportar energía a la Humanidad durante todo un año».

l Un cable al espacio. ¿Alguien se imagina un cable que uniera la Tierra a una estación espacial en órbita a 28.000 kilómetros de distancia? Es perfectamente posible gracias a los ya referidos nanotubos de carbono. Dentro de poco podremos cargar nuestro móvil en apenas diez segundos, y un coche eléctrico en unos minutos.

La charla finalizó con otro guiño al «pero ¿esto es posible?». Una impresora tridimensional. Aparentemente es como una impresora de las que tenemos en casa, pero nada de eso. Dibujamos en 3D el objeto que queremos «fabricar» mediante un programa gráfico muy sofisticado, y la impresora nos lo hace. Caras de sorpresa y de alguna incredulidad entre el público.

Pero las imágenes fueron concluyentes. Vimos el proceso, una impresión por capas con un material diseñado. Se dibuja una flauta, la impresora construye en su interior la flauta, y ese objeto es capaz de sonar, y sonar bien, en manos de un músico profesional.

El boca a boca funciona. Hace meses Amador Menéndez, que fue «Asturiano del mes» de LA NUEVA ESPAÑA y que participó anteayer en las deliberaciones del premio «Príncipe de Asturias» de Investigación, dio una charla en el Aula Magna de la Universidad de Oviedo que provocó el entusiasmo. La de ayer no fue para menos, con llenazo al calor de la fama del químico asturiano.

Amador Menéndez recordó el centenario del premio Nobel de Química a Marie Curie y a cuantos son capaces de «soñar con imposibles» para hacer de este pálido punto azul un lugar más habitable.

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