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MIGUEL ÁNGEL LÓPEZ ALBA. Hay una historia que me obsesiona. Marina, en su calidad de profesora de griego, me la contó una noche. Recién salidos de la cama, sudorosos y alegres, nuestra desnudez de animales en celo vagaba sobre la moqueta verde. ¿Cenamos algo? Propuse. Ella, sin dejar de hacer piruetas en el salón, trazó un sí de barbilla. Entonces no corríamos las cortinas para no ser vistos, expuestos a las miradas atentas del vecindario. Eran otros tiempos, más felices. Encastro otra moneda en la rendija para sentir el furor de las tres ruletas girar sin premio de nuevo. Vuelvo al recuerdo.
Preparé lasaña vegetal, su plato preferido. Llevé la fuente desde la cocina al salón con trapos en las manos. Marina leía un libro de Albert Camus. Abrió sus piernas, demostrando la elasticiad de gimnasta que había heredado de la infancia. Estaba desnuda de cintura para abajo. Permanecimos así unos instantes, yo con la lasaña en la mano, ella aparentando indiferencia ante la exhibición de sus rincones. Cenamos sin hablar. Está muy buena, dijo ella. Yo sonreí. Cuando no hacen falta las palabras todo va bien, pensé. Todo va bien. Deberías leer a Camus. ¿Qué? Repitió la afirmación. Bueno, algún día. La botella de Valdepeñas gorjeó como un ruiseñor en nuestras gargantas. Hace calor. Me gusta. ¿Conoces el mito de Sísifo? No. Te lo contaré.

Desde entonces, no hay día que me acueste sin recordar su voz apagada relatar las tropelías de Sísifo antes de ser castigado por los dioses. La última fue darle de comer a un padre la carne asada de su hijo. Yo te comería si tú me lo pidieras, Marina. De verdad. Cállate, idiota. El camarero estira su mano para darme el cambio. Compruebo que se ha tomado la libertad de cobrarse la palomita. Vuelvo a la máquina. Quedan diecisiete euros de combustible. El premio especial está cerca, lo puedo oler. Continúo, escuchando las palabras de Marina embutidas en la bruma del recuerdo.

¿Qué le pasó? Lo que tenía que pasar. Los dioses le comunicaron su pena de forma sutil. Debía subir una piedra enorme hasta la cima de un pequeño monte situado en el centro del Averno. La primera vez fue un juego de niños. Estaba habituado al ejercicio físico. Aunque se le desollaron las manos y los pies, la roca alcanzó el punto designado por los dioses. Durante un instante, le pareció un castigo ridículo por sus maldades terrenas. Cuando vio la piedra caer sola por la cuesta, comprendió que no iba a ser tan sencillo como pensaba. Lo que venía después todos lo saben. Se puede describir con una secuencia interminable. Un presente continuo lo domina. Sísifo empuja la piedra monte arriba, empeñando en su tarea hasta la última porción de oxígeno que extrae de sus pulmones, los músculos al borde del desgarro, la barba blanca impropia de un esfuerzo tan heroico, plagando su camino de goterones que estallan contra el polvo.

Así es Sísifo, cumplidor a su pesar, inaccesible al no. Cada metro le cuesta una retahíla de blasfemias contra los mismos dioses que le condenaron. Cada paso tiene el aval de un grito. Cada centímetro de su piel se mide con la roca. Finalmente, consigue alzar el peñasco hasta la cumbre. Desde allí se puede contemplar un paisaje que le está vedado.

Él observa con desesperación la mole de piedra. Por unos instantes permanece estática. Sísifo lo llama «el esplendor efímero». En realidad, aún conserva la esperanza de que todo acabe ahí. Un puntito de luz al final de su mente le dice que cada vez puede ser la última, que los dioses albergan un resquicio de piedad y su castigo no será eterno. Pero la roca se agita. Primero de manera imperceptible, como si le aquejara un estornudo, para desplazarse ya sin tapujos hacia la pendiente. Está sedienta de la gravedad del Averno, rodando por la ladera del monte hasta su base. Allí recobra la quietud.

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