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Adictos al amor

 
Adictos al amor
Adictos al amor 

TOMÁS FERNÁNDEZ ANTUÑA jeando este periódico me encuentro con una de esas perlas con las que te topas muy de vez en cuando y cuyo hallazgo te dispara instantáneamente los sentidos. Se trataba de un anuncio para vender los servicios asistenciales de un grupo de especialistas en psiquiatría y psicología, cuyo nombre omito, que se cobijaban bajo el siguiente reclamo, que cito textualmente (les prometo que no invento ni una sola palabra; ni siquiera lo que va entre paréntesis): «Deferencia emocional y adicción al amor: Si usted padece un sufrimiento intenso porque duda de la fidelidad o cariño que le tiene su pareja (o allegado) o sencillamente se considera una persona celosa, usted puede tener celopatía».

Tratamientos clínicos

No me digan que no es para comérselo. Aunque por fortuna no precisaba de sus servicios, me entraron unas ganas irrefrenables de pedirles cita a fin de saciar mi curiosidad sobre los tratamientos clínicos a los que se ve sometido un tipo que tiene «adicción al amor» (ojo, centrémonos: no confundir con «adicción a hacer el amor», que eso ya es una rama de la psicología sexual, mucho más agotadora que esta otra).


Pero como la cordura pudo más que la curiosidad, ahora no me queda más remedio que echar mano de la imaginación para disipar mis dudas sobre el asunto. Y, puestos a imaginar, me imagino al ser humano en cuestión tomar asiento frente al especialista para decirle que es un adicto al amor y que padece un sufrimiento intenso debido a las dudas que le asuelan sobre la fidelidad de su pareja (o allegado). Y el especialista, que ya ve claro desde el primer momento cuál es el problema que atormenta a su paciente (pues si no, díganme ustedes a qué coño iba a acudir a un sitio como aquél), tratará desesperadamente de convencerle que su adicción a los celos es el fruto de un complejo de inferioridad como la copa de un pino y que la enfermiza dependencia emocional que padece hunde sus raíces en traumas e inseguridades que se remontan a su época púber (y entonces, si se descuida un poco, pasará por aquella consulta hasta el párroco que le dio la primera comunión), y todo ello, con el propósito de encontrar el eslabón perdido causante de semejante trauma.
Porque digo yo que esta dolencia de los sentimientos merecerá la pena ser tratada, a juzgar por el anuncio, en el supuesto de que el celoso patológico no tenga motivo alguno para sospechar de la fidelidad de su pareja; o sea, que sus dudas sean infundadas, ya que de tener motivos para ello ya no hablaríamos de celos sino de cuernos, y, claro, en un caso así, aunque está mal que yo lo diga por la parte que me toca como abogado, el problema ya no cabe residenciarlo en el campo de la psicología, sino en el campo del derecho.

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