Cosas del año 1000

 
Cosas del año 1000
Cosas del año 1000  
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Un lector me pide otro capítulo sobre la Edad Media. Pues aquí va: ¿Qué haría usted si tuviese la certeza de que el mundo se iba a acabar de un momento a otro? Ésta es una posibilidad que aún sigue inquietando a los miembros de ciertas sectas -algunas muy numerosas y conocidas de todos-, pero afortunadamente no quita el sueño al resto de la Humanidad. Sin embargo, cuando se acercaba el año 1000, el Occidente cristiano, sobrecogido por los voceros de la agonía, que nunca faltan, vivió los meses anteriores a aquella fecha con la seguridad de que nada podía evitar el fin de los tiempos.


Cuentan las crónicas que hubo quien se decidió por aprovechar los placeres de este mundo abandonándose a todos los excesos que puedan cometerse con nuestro cuerpo mortal; otros, al contrario, se prepararon para la vida eterna que se aproximaba sometiéndose a brutales penitencias y rezando a todas horas. Resumiendo: que ni los unos ni los otros pegaban golpe; así que el ganado quedó diezmado por la falta de atención, las tierras yermas y el hambre y las consiguientes enfermedades casi acabaron dando la razón a la profecía.


Cuando pasaron los días señalados, todos quedaron sorprendidos de que los ángeles no hubiesen hecho sonar sus trompetas sentados en las nubes; tampoco se había visto suspendida del cielo la espada de fuego anunciada por los visionarios y, lo que aún era más extraño, los muertos no sólo permanecían en sus tumbas, es que ni siquiera habían tenido el detalle de levantar un poco sus cabezas y abrir sus bocas para explicar por qué todo seguía igual.


Una de las pocas consecuencias que quedaron de aquella psicosis fue la proliferación de pequeños monasterios que llenaron las zonas rurales. Algunos, que ya estaban abiertos desde hacía siglos, multiplicaron sus vocaciones, otros se fundaron para acoger el retiro de quienes querían prepararse para la otra vida, pero todos crecieron gracias a las donaciones piadosas de quienes querían quedar bien con Dios antes del Juicio Final.


Seguramente no sabremos nunca el número total de todas las comunidades que se establecieron en las Cuencas, porque la mayor parte eran tan pequeñas que se ha perdido su rastro tanto sobre el terreno como en los archivos. Sin embargo, de las más importantes ya vamos conociendo ciertos detalles. Como este espacio no da para todo, tenemos que centrarnos sólo en una zona, por ejemplo, el sur del concejo de Lena, y la elegimos porque allí estaba uno de los monasterios que en los últimos tiempos ha inspirado más trabajos de los medievalistas asturianos: Santa Eulalia de Herías.


La huella de este cenobio puede seguirse por los escasos restos materiales que han aparecido en Herías y sus alrededores -fragmentos de sepulcros, un crucifijo, una pila bautismal, media campana- y por el nombre de algunos prados y matas cercanos como el lugar llamado «viñas del monasterio»; pero sobre todo por la variada documentación que se conserva en diferentes lugares y que hace referencia a sus numerosas posesiones.


Efectivamente, parece que los de Santa Eulalia, como todos los monjes, dedicaban parte de su jornada a trabajar la tierra, pero además también eran dueños de una cabaña ganadera trashumante que movían en el verano hacia los pastos altos del puerto de Pajares y en el invierno bajaban hasta alguno de los valles que eran de su propiedad tanto en la vertiente asturiana como en la leonesa.


Aún no existía el concejo de Lena tal como lo conocemos hoy, ya que hubo que esperar hasta mediados del siglo XIII para asistir a la fundación de la Puebla por el rey Alfonso X con unos límites territoriales más extensos que los actuales, y las Cuencas estaban pobladas en aquel momento por familias campesinas que en muchos casos consumían sus vidas sin alejarse de la aldea en la que habían nacido. Pero, incluso así, uno tiene la impresión de que con todas las dificultades de comunicación que entonces obstaculizaban el paso de la Cordillera, las relaciones entre León y Asturias eran mucho más fluidas de lo que fueron hasta hace pocas décadas.


Volviendo a la fecha apocalíptica del año 1000, también existía quien quería ganar el cielo por otros caminos más banales que el ingreso en un monasterio, pagando su entrada a San Pedro con limosnas y regalos a la Iglesia. Éste fue el caso de un aristócrata leonés, el conde Ablavel Godesteoz, generoso donde los hubiese y cuyas buenas obras quedaron registradas en los escasos archivos de la época que llegan hasta nuestros días.


Sabemos, por ejemplo, que en noviembre del 987 donó al monasterio de Sahagún una villa próxima que había heredado de sus padres, la de Manzules, junto al río Cea, y con ella un lote que incluía animales, casas y más villas repartidas por León y Zamora e incluso dos pequeños pueblos, Villaordoño de Órbigo y Pesadilla, en Campo de Toro, aunque para hacer honor a la verdad, debía de tratarse de localidades casi deshabitadas.


La de Sahagún era entonces una abadía monumental, con cientos de monjes, así que no resulta extraño que Ablavel mirase hacia ella, como tampoco lo es que tres años más tarde regalase unos molinos situados junto al río Órbigo a la comunidad de Santiago de Peñalba, que también gozaba de renombre en la Cristiandad. Pero lo que nos llama la atención es que, entre tanto, en el 988, se acordase de Santa Eulalia de Herías.


Este hecho deja abierta la puerta a dos posibilidades: o bien el monasterio lenense gozaba de fama por alguna reliquia especial, algún monje sabio o milagrero, o se trataba de un lugar con la suficiente entidad como para que su fama hubiese llegado a oídos del generoso noble leonés.


De paso, también resulta curioso el regalo por sí mismo, ya que se trataba de unos bienes que se habían confiscado por mandato real y episcopal a un clérigo llamado Pedro, como castigo por haber negado su identidad casándose con una parroquiana.


Conocen ustedes de sobra que la discusión sobre el matrimonio de los curas es uno de los asuntos más delicados que dividen a los teólogos de la Iglesia católica, y en las Cuencas hemos tenido un puñado de ejemplos en los que las faldas han podido más que las sotanas; y parece que hace mil años también sucedía lo mismo. El casamiento de los sacerdotes se consideraba entonces no inválido sino ilícito, una sutileza legal que permitía pasar por alto muchos casos a pesar del escándalo de los más integristas. Pero llegó a ser tan frecuente que en 1059 el papa Nicolás II, recién elegido, decidió coger el toro por los cuernos y convocó a un sínodo en su palacio de Letrán para tratar de varios problemas que afectaban a la Iglesia, pero principalmente éste. Los 113 obispos y cardenales que asistieron a la reunión decidieron que el pecado de amancebamiento cometido por los curas -el nicolaísmo- suponía la excomunión para aquellos que no repudiasen a sus esposas e incluso se prohibía a los fieles asistir a las misas celebradas por quienes vivían en pareja.


En fin, de Santa Eulalia de Herías conocemos pocos datos; sabemos que era el más rico de los cinco monasterios de la zona; de los otros cuatro: San Antolín de Sotiello, Santa María de Parana, Santa María de Parayas y Santa Eugenia de Moreda sabemos todavía menos y, además, las referencias que tenemos se confunden fácilmente. Por ejemplo -háganse una idea-, este monasterio de Santa Eugenia de Moreda, a pesar de su nombre, seguramente estaba en Tiós y no en Aller; y en cambio, la villa de Moreda (de Aller, no de Tiós) era propiedad de Santa Eulalia de Herías, que la había comprado a un abad. Si lo vuelven a leer despacio, seguro que lo acaban cogiendo. En cuanto a Ablavel el generoso, sabemos que por esas cosas que tiene la vida también tuvo que sufrir en sus carnes un embargo como el del cura Pedro, aunque en este caso fue el propio rey Vermudo II, quien lo ordenó para castigar su participación en una de las numerosas revueltas que tuvo que combatir mientras estuvo en el trono y que luego, como un Ruiz-Mateos medieval, volvió a rehacer poco a poco su fortuna y aun tuvo de sobra para realizar nuevas donaciones a Sahagún, su monasterio favorito; luego murió viejo y rico gozando de la confianza de un nuevo monarca, Vermudo III. Lo que no sabemos es si ahora estará recibiendo en el otro mundo la recompensa a su caridad.

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