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HEMEROTECA » EL TIEMPO » |
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ELISA VILLA OTERO PROFESORA TITULAR DE LA UNIVERSIDAD DE OVIEDO Eran los primeros años sesenta y yo, una adolescente de tan sólo 15 años, comenzaba a trabajar, como aprendiz de dependienta, muy cerca del centro en el que acababa de terminar mis estudios primarios. En realidad, de una manera simbólica, podría decirse que sólo tuve que cruzar la calle, porque el lugar de trabajo no era otro que la librería Cultura, situada frente al Grupo Escolar. Allí iba a comenzar una etapa de mi vida que duraría nueve años y que, en gran medida, posibilitaría el camino que vino después. Ha pasado mucho tiempo desde entonces y ahora he sabido que La Cultura cierra sus puertas para siempre. Un sentimiento de extrañeza y de pena me invade: La Cultura ya estaba allí cuando nací y, como muchos mierenses, he llegado a creer que formaba parte del paisaje natural de la villa. Realmente, no puedo imaginar Mieres sin La Cultura.
La noticia del cierre estimula mis recuerdos y éstos acuden en avalancha. Trato de recrear cómo era la librería que conocí, quiero describirla, y entonces comprendo que no puedo hacerlo de un modo simple: ¡La Cultura fue mucho más que una librería! El insólito reparto del trabajo o, casi habría que decir, de sus vidas, que en absoluta armonía llevaron adelante don Luis y doña Pilar, permitió que La Cultura fuese a la vez una librería, una editorial, un centro cultural, la redacción de un periódico, un centro de organización deportiva y hasta un lugar para la tertulia. Y tal vez muchas cosas más.
En aquellos años, la actividad diaria empezaba en La Cultura al tiempo que la villa de Mieres comenzaba a despertar, casi de madrugada, cuando se distribuían los ejemplares de LA NUEVA ESPAÑA. Nada más llegar el coche que traía el periódico, los repartidores salían veloces en todas las direcciones. Entre ellos estaba Herminia, sufrida y dura mujer que, con los periódicos bajo el brazo, recorría incansable las calles, el mercado, las estaciones de ferrocarril, aguantando el frío del invierno, el viento huracanado y los madrugones. A veces, el coche se retrasaba (la Manzaneda y el Padrún podían ser pasos complicados en invierno) y los vendedores se desesperaban viendo cómo perdían los autobuses y trenes de la mañana y, con ellos, a los potenciales compradores de prensa.
Un poco más tarde se abría la tienda y, allí, detrás del mostrador, vi crecer a centenares de escolares a los que, años después, me he encontrado como médicos, abogados o profesores ocupando los más diversos puestos de responsabilidad. Aquellos escolares abarrotaban la tienda a principios de curso y ponían a prueba nuestra eficacia y rapidez. Otra «temida» invasión se producía cada día, a primeras horas de la tarde: decenas de estudiantes, jóvenes y maduros, matriculados en la cercana Escuela de Peritos de Minas, llenaban la calle y se atropellaban con prisas en la librería demandando papel de dibujo para las clases que comenzaban poco después. Probablemente en aquel tiempo llegué a batir algún récord desconocido de venta de láminas por minuto.
Claro que, por la librería, obvio es decirlo, no sólo pasaban estudiantes, sino que también pasaban profesores. Muchos de ellos fueron nombres importantes de las letras, las ciencias y la enseñanza. En este instante me vienen a la mente los de Carmen Bobes y Carmen Castañón, que en distintos momentos fueron directoras del Instituto Bernaldo de Quirós y lo engrandecieron con su presencia. Ellas son dos insignes figuras de la docencia, la investigación y la literatura que frecuentaron La Cultura y dejaron su huella en Mieres, aunque seguro que hubo otros personajes, igualmente extraordinarios, que ahora debería recordar.
Cuando llegaban los períodos de vacaciones, las visitas a la librería, lejos de languidecer, se animaban. Y es que, desde ciudades a veces lejanas, volvían a Mieres los universitarios. Recuerdo en particular a uno de ellos, silencioso, muy serio, que aparecía por Navidad, Semana Santa o verano, y siempre salía de allí con ensayos de autores que, en aquel entonces, a mí me parecían muy raros. Se llamaba Chus Quirós y con el tiempo su nombre sería bien conocido en el mundo del diseño, el interiorismo y en muchas parcelas del arte de la decoración. Por la misma época, nos frecuentaban otros jóvenes mierenses cuyos nombres, Pedro Civera, Ángel García Moreno, se harían famosos en la interpretación y en la dirección de cine y teatro. Y un padre justificadamente orgulloso venía en ocasiones a contar los primeros éxitos como cantante de su hijo, un casi niño llamado Víctor Manuel.
Las vacaciones escolares hacían variar también el interior de la casa, ya que llegaban Tere, Pili, Luis, Carmen, Jose, Isa, los hijos de don Luis y doña Pilar, y todo se animaba. De aquellos días de bullicio aún recuerdo con placer el torrente de notas que entonces descendía por la escalera, cuando Tere, la dulce Tere, gran amante de la música clásica, la compartía, sin ella saberlo, con una oyente ocasional.
Pero volvamos al mostrador, a la librería. Hubo quienes, a lo largo de los años, la visitaban diariamente. Ellos eran los lectores apasionados, como José Avelino Calleja, que cada jornada controlaba concienzudamente las novedades literarias recién llegadas, y a quien recuerdo siempre con un ejemplar de Destino bajo el brazo. O Miguel Ángel, el de la Caja de Ahorros, que raramente dejaba pasar un día sin adquirir, al menos, un par de novelas recién editadas. También era casi diaria la presencia de los doctores Antonio Cienfuegos y Francisco Pérez Gómez, sobre quienes los libros, periódicos y revistas ejercían una atracción irresistible.
En el espacio de La Cultura, la librería y el semanario «Comarca» se fundían y, en ocasiones, no se sabía bien dónde terminaba una y dónde comenzaba el otro. La redacción del semanario suscitaba a menudo la visita de escritores consagrados y escritores aficionados. Víctor Alperi, cuyo nombre cae en la primera de esas categorías, era una presencia habitual. Pero también lo era la de Luis Aurelio Álvarez, Florina Alías, Alfredo Zeta, César Rubín, Benxa, Luis Jesús Llaneza, Antonio Pérez Feito y otros muchos entusiastas colaboradores de aquel periódico que, con tesón admirable, don Luis lograba sacar a la calle cada semana. El semanario, no hace falta decirlo, se distribuía desde la misma casa. Había que envolver uno a uno cientos de ejemplares y éstos salían hacia toda Europa, hacia América, a cualquier rincón del mundo donde hubiese un mierense. En aquella labor colaboraba todo el que «pasase por allí»; fuese Conchita Valdés, que se ocupaba de algunos asuntos relacionados con la administración del periódico, o fuesen los hijos de doña Pilar y don Luis, recién llegados de vacaciones.
Por cuestiones conectadas con el periódico, o por asuntos relacionados con las exposiciones que periódicamente organizaba el Centro Cultural y Deportivo Mierense, impulsado por don Luis, no faltaban tampoco las visitas de los artistas mierenses: Inocencio Urbina, Anselmo Solas, Cirino Hevia, Marino Canga, Víctor el de Cenera, Efrén García Fernández? ¡A cuántos pintores, dibujantes y escultores vi entrar y salir por aquella puerta!
Las actividades deportivas del Centro Cultural y Deportivo Mierense se coordinaban muchas veces desde La Cultura. Recuerdo a los espeleólogos, como Quini, Efrén, Marino, Ramón... Y recuerdo a Conchita, Agustín, Paco, Queta, Vicente, Yeyo, los hermanos Fueyo, Pepín, Cuervo, Agüero, Aladino, Antonio, Rubín, Ricardo... a tantos y tantos montañeros del Centro (la lista completa sería interminable) que por entonces habían comenzado a hacer realidad el sueño de levantar un refugio al pie de Peña Ubiña. Todos ellos consideraban la librería como sede efectiva de su club.
La librería era también el lugar al que acudían a apuntarse los esquiadores que cada domingo del invierno llenaban uno o dos autobuses camino de Pajares o de San Isidro. Y desde ella se organizó una buena parte de la complejísima intendencia que permitió celebrar en el refugio del Meicín cuatro maravillosos cursillos de esquí, inolvidables para todos los jóvenes que tuvimos la suerte de vivirlos. Fue mucho el deporte promovido desde el Centro (por tanto, desde la librería), un impulso del que surgieron nombres de campeones, entre los que destacan los del nadador José Vitos y el esquiador de fondo Jesús Pérez, y grandes esquiadores como Mari-Fe Tuñón. Alrededor de ellos es justo mencionar la figura amable del doctor Alperi, el recordado Paco Alperi, uno de los motores del Centro, cuya visita a la librería, afable y discreta, no dejaba de producirse ni un solo día.
A veces, personas que para mí eran desconocidas pedían ser recibidas por don Luis. Ante mi pregunta de a quién debía anunciar, recuerdo haber escuchado respuestas tales como Ricardo Vázquez Prada, Diego Carcedo, y quién sabe cuántos nombres más de importantes periodistas que, desgraciadamente, he olvidado. Pero al hablar de gente de la prensa me viene la imagen de Tinín, un niño rubio que aparecía a menudo acompañando a su madre y que, a pesar de su corta edad, ya hacía colaboraciones literarias en el «Comarca». Con el tiempo sería más conocido por su nombre completo: Faustino Álvarez.
Quisiera haber ordenado mejor estos recuerdos, quisiera no haber dejado de mencionar a muchas personas que conocí en aquellos años, quisiera no haber hablado tanto de mí misma en estos párrafos... Pido disculpas por todo ello. Pero es mi manera de homenajear lo que significó para Mieres La Cultura, un lugar, unas personas en las que yo encontré toda la ayuda y comprensión cuando, un buen día, intenté compatibilizar mi trabajo con algo diferente. Sin su apoyo, ese nuevo camino nunca me habría llevado a ningún sitio. Cuarenta años más tarde, de todo corazón, les doy las gracias por ello.
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