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¿Energías alternativas? Sí, gracias

n Estas energías son el futuro; si no, que le pregunten a Obama, que está bien asesorado. Eso y apagar la luz si no se necesita

 
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JULIO ARBESÚ Entro por un pasillo ante el que abren sus mostradores las diversas oficinas de un Ayuntamiento. Son las doce de la mañana de un día soleado. Me atienden en una oficina que tiene desplegada hasta abajo la persiana de un gran ventanal y encendidas las lámparas eléctricas. No se puede decir que moleste el Sol, puesto que el ventanal da al Norte. Sólo se puede decir que por alguna extraña razón los empleados prefieren la luz eléctrica a la del día. Por otra extraña razón, la autoridad municipal no impide ese derroche cotidiano de energía.

Quizás impedirlo sería impopular, pues vivimos en un país donde el derroche es lo normal, incluso una opción ética y estética. No somos agarrados, no somos miserables, sabemos disfrutar de la abundancia. Nos gusta que se pueda pasear a las cuatro de la mañana por un parque o un polígono industrial desiertos en donde sólo el zumbido de decenas de farolas perturba el silencio. Es así como queremos vivir. Independientemente de cómo vayan a vivir nuestros hijos y nietos. Si el petróleo se acaba, se les acabará a ellos.

Estamos inmersos en una crisis financiera en la que, por primera vez en la Historia, para mejorar la situación económica es aconsejable consumir. Si baja el consumo, se pierden puestos de trabajo. Es necesario que gire la rueda del trabajo y el consumo. Pero no nos engañemos, hay algo que queda fuera de esa rueda, algo que no se recupera a base de consumo y trabajo, pues se trata de algo que se está acabando: el petróleo. Es más, se trata de algo que al consumirlo ocasiona gravísimos daños.

Suelo indignarme cuando con frecuencia escucho que las energías renovables son caras. Es una falacia muy extendida. Parece ser que son caras porque implican más trabajo, particularmente de investigación y mantenimiento. ¡Pero si justamente el trabajo es lo que necesitamos! Pero si la investigación y el desarrollo de nuevas tecnologías constituyen el principal camino para que un país se mantenga entre los avanzados.

La falacia consiste en considerar la energía solar y la eólica desde el criterio del patrón energético: el precio del petróleo. De ese modo se falsean las cuentas, pues el precio del petróleo no se sustenta en la realidad de que se trata de un bien escaso, sino en el negocio de algunas grandes empresas. Si se derrochan los bienes escasos, se acaban. Considerado este punto fundamental, pongámosle el precio que corresponde a su escasez.

Añadamos a ese precio el de la indemnización por los estragos del efecto invernadero y por la contaminación de la atmósfera urbana. Más el coste de las mareas negras y tantos otros daños ambientales. No sería infundado sumar el precio de las guerras del petróleo. Ahora comparemos con las energías renovables.

También es falaz comparar el precio del kilovatio hora eólico o solar con el nuclear sin añadirle a éste parte de sus costes reales: el de la gestión de los residuos radiactivos durante siglos; el coste del riesgo de accidente o escape; el coste de la vulnerabilidad por ataque o sabotaje en caso de terrorismo o guerra; el coste del miedo que les queda en el cuerpo a los infortunados vecinos de una comarca donde se instala un reactor nuclear. La sombra de Chernobil es muy alargada y muy fría.

En España se está instalando la primera central solar termoeléctrica de tecnología de torre que opera de forma comercial en el mundo.

Eso es futuro; si no, que se lo pregunten a Obama, que está bien asesorado.

Eso, y apagar la luz si no se necesita, por favor.

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