JUAN JACINTO MUÑOZ RENGEL
Esta tarde en mi casa no ha dejado de retumbar el bullicio de la Print Corporation, trabajando a toda máquina bajo los temblores de mi suelo. Empeñados en invadir de libros toda la ciudad. Imagino que los impresores han dejado montadas las planchas para una gran tirada de ejemplares, y el chasquido de la prensa no para de tronar en mi habitación. Así que no puedo evitar distraerme, y pienso que si tirara al aire todos los tipos de una plancha y se ordenaran al azar al caer al suelo, el texto resultante tendría más probabilidades de ser publicado que uno de mis relatos. Me imagino soñando que dispusiéramos de un tiempo infinito y de una cantidad limitada, pero suficiente y bien equilibrada, de tipos de metal. Si lanzáramos al aire las piezas metálicas, una y otra vez, durante todo ese tiempo inagotable, las composiciones más diversas, más asombrosas, y más bellas, acabarían por tomar forma en las planchas de nuestra imprenta. Y podríamos imprimir los libros más extraordinarios. E incluso imagino un lugar, también infinito, donde pudiéramos albergar todos esos libros imposibles, una inmensa biblioteca que contuviera todo lo que puede ser escrito. Pienso que algún día debería poner sobre el papel todo esto, escribir un relato con todas estas ideas, pero la concepción de fondo, la de que el azar pueda lograr historias mejores que las mías por puro arbitrio, a pesar de que yo invierta todo el esfuerzo de mi mente y de mi imaginación, me acaba por desmoralizar, y desecho el proyecto sin ni siquiera haberlo esbozado.
Tengo una carta a medias por concluir. Así que me siento en el escritorio, fantaseando una vez más sobre lo fácil que me sería todo si dispusiera de unos aparatos inteligentes que me prepararan los instrumentos de escritura, que borraran del papel mis errores, que me leyeran en voz alta e incluso que me sugirieran posibilidades de cómo escribir esto o aquello. Mi carta va dirigida a Mary Wollstonecraft, la viuda de Shelley. La señora Wollstonecraft ha escrito una obra singular, una rara avis entre nuestras letras, Frankenstein o el moderno Prometeo. Yo no he logrado hacerme con un ejemplar de la novela hasta hace poco, hasta que ha sido publicada su tercera edición por Colburn & Bentley, en la colección Standard Novels. Antes había oído hablar de ella, pero era casi imposible hacerse con uno de los ejemplares editados hace diez años. Tengo que reconocer que la oscura historia me ha cautivado desde el principio, me ha fascinado. Y también me ha sorprendido gratamente comprobar que se puede publicar algo así en estos tiempos. No voy a ocultar, no obstante, que mi sensación al encontrarme con la obra ha sido en todo momento agridulce. No en vano, Mary Wollstonecraft se me ha adelantado en mi idea de escribir una historia de ficción a partir de una criatura creada por el hombre. Mi criatura, mi monstruo, se fundaba en unos principios distintos a los del galvanismo, eso sí, pero con todo el motivo literario era muy similar. Por mi parte, yo había rastreado en la literatura talmúdica y en la tradición judía para recabar los datos que dan origen a mi monstruo: un golem, una criatura de barro a la que se infunde vida, mediante el procedimiento alquímico, en las catacumbas de las sinagogas en lugar de en un castillo. Ahora escribo una carta dirigida a la señora Wollstonecraft en la que le comento qué me ha parecido la novela y cuáles son para mí algunos de sus errores. Después de haber descubierto que la sombra del monstruo que él mismo creó está detrás del asesinato de su pequeño hermano, Víctor Frankenstein, uno de los dos protagonistas de la novela, decide marcharse una temporada a las montañas para reponer el estado de su alma y recuperar su salud. Allí, cerca de la cima del Montblanc, la criatura le sale al encuentro. El monstruo de Frankenstein, con su recién adquirida capacidad para hablar, le cuenta al científico todos los hechos que nosotros los lectores conocemos, y le promete no volver a interponerse en su vida a cambio de que concluya su obra y cree una compañera para él. Víctor accede a la petición, e instala un nuevo laboratorio en una isla de Escocia, donde comienza a trabajar en los experimentos. No obstante, en un giro inesperado, el médico decide no darle al monstruo lo que habían acordado, porque tiene la visión de que entre las dos criaturas de ambos sexos darían a luz una nueva estirpe de monstruos asesinos y no está dispuesto a traer tanto mal al mundo. A partir de aquí, la trama de la novela continúa con nuevas amenazas del monstruo y una persecución hasta los confines del Ártico. En mi carta, después de los pertinentes saludos y de manifestarle la admiración que le profeso, le apunto a la señora Wollstonecraft algún que otro pasaje que provoca mi confusión. Le explico que es cuanto menos extraño que el médico se vea obligado a seleccionar las manos de un muerto, los pies de otro, la cabeza de uno más y así hasta ensamblar todo un cuerpo por piezas. Le pregunto si no era más lógico escoger un cadáver completo, al que le fallara tan sólo, por ejemplo, el corazón, sustituir este órgano, y, una vez cosido, aplicar sobre este cuerpo sus conocimientos del galvanismo y el milagro de la electricidad para insuflarle la vida. Pero aun salvando este aspecto, le digo a la escritora que lo que todavía me parece más perturbador es que a un doctor de la ciencia médica con los conocimientos de Víctor Frankenstein, capaz de soldar y articular los órganos más complejos, no se le ocurriera que, para que los monstruos no se reprodujesen bastaba con sesgarle a la nueva hembra las dos trompas de Falopio. Y más o menos en este punto se encuentra mi carta. Pero me veo un poco apurado, porque hallo cierta dificultad en hacer que todo esto no suene grosero, ni parezca algún tipo de recriminación. Y de todas formas, en este momento no puedo avanzar mucho más, porque, por una curiosa coincidencia, me encuentro escribiendo una carta y un mensajero acaba de llamar a mi puerta.