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HEMEROTECA » EL TIEMPO » |
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JUAN JACINTO MUÑOZ RENGEL
Más tarde, en mi casa, sentado en mi escritorio, trato de terminar la carta que me ocupa desde hace varios días. Me sirvo un vaso de agua de una jarra, y mirando la carta pienso una vez más en el libro de Mary Wollstonecraft, y en su criatura compuesta de trozos de cadáveres. Esto me lleva a fantasear otra vez sobre mi propia criatura, mucho menos desagradable y mezquina, a pesar de estar hecha de barro. Cuenta la leyenda que el primer golem fue creado por el rabí de Praga Yehudá Loew, durante el reinado en Bohemia del emperador Rodolfo II, allá por el siglo XVI, quizá más o menos cuando Kepler estaba escribiendo en la misma ciudad su única obra de ficción. Parece ser que el rabí Loew creó al golem para que defendiera el gueto de Praga de los ataques antisemitas y de paso para que se hiciera cargo de las tareas de mantenimiento de su sinagoga sin tener que remunerar un salario. Reunió para crearlo un buen montón de arcilla de la orilla del río Moldava, con sus propias manos la modeló dándole forma semihumana y llevó a cabo los rituales de la cábala y de la alquimia necesarios para dotar de vida a la mole de barro. Recitó los conjuros en hebreo y escribió en la frente del golem la Palabra. Esta criatura, como la de Victor Frankenstein, también se acabó rebelando contra su creador, y de igual manera el viejo rabino se vio obligado a quitarle la vida que él mismo le había dado. Dicen que los restos del golem de Praga descansan todavía ocultos en un ataúd del desván de la sinagoga, y que puede ser devuelto a la vida en cuanto sea de nuevo necesario. La fábula es arrebatadora, y a pesar de ello nunca ha sido hasta ahora puesta sobre el papel en la forma de una novela. A mí, sin embargo, no me cuesta nada imaginarla: estamos en el barrio judío de una ciudad moderna y populosa, los elementos de la tradición semita han cambiado de una manera ambigua, como en un futuro soñado, fundiéndose con los de otras culturas de los más diversos rincones del orbe. Los rabinos se dedican a la producción de golems como una actividad comercial, y nosotros nos dirigimos al establecimiento de uno de ellos, porque nuestro protagonista quiere que le fabriquen uno por encargo... Pero ahí está de nuevo ese singular narrador en primera persona del plural, y el extraño tono revoloteando sobre la acción de la historia, entrando y saliendo de la trama. Es todo demasiado moderno para lo que gusta hoy. Y me pregunto si tiene algún sentido escribir una historia así, con semejante criatura y en semejantes escenarios soñados. Y si algún editor podría arriesgarse a publicarla. Así que desecho la idea, y vuelvo a la carta dirigida a la señora Wollstonecraft. Me sirvo otro vaso de agua y me lo bebo de un trago, porque llevo todo el día con un extraño sabor metálico en la boca, del que no logro desprenderme. Apenas llevo unos minutos releyendo, cuando llaman a la puerta. Bajo a abrir, y es un mensajero que trae un paquete para mí. Por un momento tengo la sensación de haber vivido antes esta misma situación, de llevar tiempo viviéndola. Pero no logro discriminar cuánto hay de sugestión o no en todo esto, porque en cualquier caso, al ver un paquete tan grande y la rúbrica de Colburn&Bentley estampada en la envoltura, tampoco me habría sido demasiado difícil anticipar qué era lo que venía allí dentro. El joven mensajero se ha marchado, y en el descansillo de la escalera desembalo el paquete. En efecto, como había adivinado, se trata de mi manuscrito «La tarántula bávara», que según parece no está en la línea editorial del único sello de Londres que creía capaz de publicarlo.
Cuando ha caído la noche, he salido a hacer un pedido que sabía que mi amigo boticario, que me debía un favor importante desde hacía meses, no podría rehusar. Como el cielo estaba despejado, y casi había luna llena, me he permitido soñar una vez más con viajes espaciales y habitantes de otros planetas. He deambulado por las calles, y por eso me he demorado en regresar más de lo que tenía previsto. He estado pensando sobre mis primeras inquietudes literarias, cuando todavía era un adolescente arrebatado, y sobre las últimas. Yo sólo quería escribir algo que tuviera el poder de inflamar a los demás, que pudiera encender el alma de los lectores, escribir un libro que estuviera plagado de instrumentos incendiarios. Ahora, tras el paseo, ya estoy de vuelta en casa y he conseguido lo que había ido a buscar. Dejo el frasco de cristal sobre el escritorio, y le explico a mi autómata más fiel las instrucciones que me ha dado mi amigo sobre cómo tomar su contenido. Cuando le hablo de los síntomas que, según me ha dicho, puedo llegar a sentir en el proceso, el amago de vómito que debo evitar, el dolor abdominal, el intenso sabor metálico en la boca, mi androide se muestra preocupado. Y se queda mirando el frasco de cristal sobre la mesa. Yo poso sobre su cubierta de latón una mano de afecto y puedo notar cómo el frío del metal me asciende por el brazo. Puedo percibir con claridad la dureza de su tacto, sus perfiladas aristas, su rotunda existencia. Una existencia al menos mucho más contundente que la mía, cuya insignificante irrealidad viene atormentándome desde hace ya tiempo.
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