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HEMEROTECA » EL TIEMPO » |
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JUAN ANDRÉS HERRERA PERDOMO
Juan lleva más de diez años buscándolo. Se adentra en el estrecho y yo me paso las horas en la arena, escudriñando el horizonte como una idiota, a ver si son dos quienes vuelven en la barca. Juan lo busca mientras faena, porque también hay que comer, dice. Cuando regresa acompañado sólo de su sombra, me afano, desilusionada, en descargar la captura. Desenvaino el machete de mi falda y empiezan a nevar escamas. Soy rápida destripando pescado. No tengo otra forma de aliviarles el dolor. Juan dice que los peces no sienten nada, pero él no ve sus quejidos mudos sobre la tabla, los coleteos, como buscando la mar, con la boquita abierta. Me da pena. Llevo veinte años quitando vida y aún hoy me da pena. A mis vecinas les jode que Juan sea tan apañado. No las culpo, gracias a Dios no tengo que luchar contra la botella como hacen muchas. La mar seca la boca, dicen los borrachos. Aquí todos tienen la boca seca. Menos mi Juan. Él no puede beber, no se perdonaría nunca que nuestro hijo sacase la cabecita de la mar y no enterarse. Se pasa el día descuerado por el sedal, con picaduras de anzuelo, con los ojos escocidos por el centelleo del agua, ciego de tanto mirar el fondo. Yo no hago más que limpiar pescado y esperar que vuelva con él. «No lo soporto más, me muero en la arena, quiero acompañarte», le dije.
Son las cuatro y la cala se prende débil bajo la Luna. La misma Luna que se llevó a nuestro hijo. Me acerco a Juan, con los ojos dormidos, y le pregunto qué hago. Juan saca un tirachinas del bolsillo y me pide que lo guarde, sólo eso. Me extraña, era el juguete preferido del niño, pero no digo nada. «Hay que salir antes del amanecer porque a esas horas las almas flotan y las cabrillas no esperan», me dice apurado. Juan dice que ha visto muchos difuntos de mar pero ninguno era el niño. Se esfuerza en cargar aparejos, cañas, linternas y baldes. Intento ayudarle, pero estoy dormida y al llegar a la playa ruedan carretes y nailon por la arena. No se enfada, me mira sonriente y me pide que esté quietita. Todo está oscuro, sólo una lengua de plata, desde el horizonte hasta la orilla, señala el lugar donde buscar. Me da rabia que la mar sea tan grande. «Tiene que estar tan solo ahí dentro», le digo señalando el agua. Juan asiente, mientras agita los brazos para espantar el muro de mosquitos de playa atraídos por la luz. El farolillo de mar que sujeto para facilitarle el trabajo debe dibujar un rostro empeñado en despertar, que mira fijamente cómo su marido libera la barca del encallado. Lo hace conmigo dentro, sentada en la parte de delante. Nunca aprendí los puntos cardinales de una embarcación. Juan y el niño tenían por costumbre reírse de mí. «No se dice propa sino pro-a, mamá». Y reían. Y reían tanto que también yo acababa riendo.
Tengo miedo. No sé nadar. Quise aprender muchas veces, pero eso fue antes de que la mar se tragase al niño. Me sujeto con fuerza, estrangulando el vómito en los labios. Juan se desplaza de un lado a otro, sin preocuparse de mis arcadas, arrojando tripas de sardinas para atraer los bancos de galanas. Me pide que acerque el farolillo. Sus manos son grandes y la vista le falla; por eso, a cada trozo de gamba que incrusta en el anzuelo, tiene que lamer la sangre de sus dedos. «¿Y si lo vemos, Juan? ¿Y si de pronto al niño se le ocurre sacar la cabecita? Yo no sé nadar y tú no paras de izar peces, enhebrar anzuelos o fumar ¿Y si es demasiado tarde y lo volvemos a perder?». Juan me dice que le entregue el tirachinas del niño. Ata al juguete un cabo y el cabo a la cola del barco, a la po-pa. Mira la Luna y lanza el tirachinas con fuerza. Me cuenta que de ese modo nuestro hijo sabrá que lo buscamos, que así los otros muertos, si ven su tirachinas, darán con él, le contarán que sus padres lo llaman. «El niño se nos fue hoy hace diez años, ya deben conocerlo», me dice. Hace diez años ya que salió con su padre y no volvió. Juan se pasaba el día con él. Le enseñaba a leer las olas, los trucos del sedal, tipos de peces, cómo trincharlos para que llegasen vivos. Cuando la barca zozobró, Juan nadó tan hondo para buscarlo que tardaron tres días en drenar su vientre. Nunca fue el mismo. Hablaba lo justo, dormía entre voces y enfermó de pena. Yo lo acompañé.
Juan me pide que agarre el cabo con el tirachinas, que si noto el tirón del niño no dude en llamarlo. Fijo mi vista en un punto, intuyendo el juguete, pero no se ve nada. De pronto un centelleo fugaz, un pez volador pintado por la Luna, sólo eso veo. Estoy cansada. La rutina de las olas adormece mis piernas, mi mente. Juan lo sabe y me prepara un lugar en la barca. Ata el cabo del tirachinas en mi mano y me pide que duerma un poco. Lo hago. Un halo de luz arruga mis párpados. Me duele la espalda y tardo unos minutos en acostumbrar los ojos al sol. En cada mano tengo atado un cabo. Me resulta extraño. Tengo la boca seca, como si masticase puñados de arena. Miro la barca, Juan no está. Me levanto asustada: hay peces muertos, tiesos como palos. El sol cae a plomo, como si quisiese aplastarme con su peso. Llamo a Juan. No contesta. Un grupo de gaviotas lloran a lo lejos. La barca se balancea bruscamente cada vez que me muevo. Miro a los ojos del abismo, no encuentro nada. Llamo al niño, llamo a Juan. Recojo los cabos, tiro de ellos con desesperación. A mis manos llega el tirachinas del niño y el anillo de casado de Juan. Me siento a llorar. Un llanto entrecortado por la risa. Deben de estar juntos, riéndose de mí al verme tan torpe por el barco, buscando un cabo entre los aparejos. Siempre me hacen reír. Me gustaba verlos ahí, bajo la sombra de un toldo de caña y alambre, a la puerta de casa, preparando la pesca del día siguiente. Luego, cuando el olor de la cocina rompía las ventanas, se sentaban a la mesa, buscando que inventara alguna palabra para luego reírse. No quiero volver a la playa y esperar que dos sombras regresen. Me desprendo de mi anillo de bodas, lo ato al cabo, el cabo a la po-pa y lo lanzo lejos. Luego me doy cuenta de que no habrá nadie para tirar de los cabos. No importa.
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