RICARDO V. MONTOTO
Ya me he dado cuenta de que el título es un tanto peliculero, pero es que, entre cañas y un poco de chorizo de León a la sombra de los soportales de la plaza vieja, me entero de que a un conocido le han metido un multazo del copón por tener en el huerto de casa una plantación de marihuana. Por las dimensiones del huerto, en el que, además, prosperan los tomates, las patatas y los calabacines (que, afortunadamente, no motivaron sanción alguna), nadie en su sano juicio podría afirmar que el cultivo estaba destinado al tráfico de cannabis. Al chaval le gusta fumarse sus cigarritos de «maría», y qué mejor que consumir su propia producción. Pero no. Alguien se asomó por encima de la tapia y poco después unos individuos uniformados le arrancaron las plantas y le notificaron la apertura del correspondiente expediente sancionador.
Fíjense que en este curioso país uno es libre de jugarse la vida corriendo delante de un morlaco impresionante por las calles de Pamplona; también podemos saltar de un puente abajo sujetos por una goma; y tirarnos del picalín más elevado sobre una snowboard; comprar pegamento y esnifarlo es perfectamente legal -una gilipollez, pero legal- y a pesar de que sabemos que nos puede matar, está permitido fumar todo el tabaco que a uno le venga en gana y beberse la producción completa de pacharán; en las bodas nos invitan a puros y bebidas alcohólicas y a nadie se le ocurre acusar al padrino de un delito contra la salud pública. Y tras un descomunal plato de fabes se me podría escapar un pedo de un megatón de potencia y dudosamente podría ser procesado por tentativa de homicidio o estragos. Y, sin embargo, un enfermo de cáncer al que la quimioterapia provoca un malestar tremendo, se las ve negras para aliviar el trance con marihuana. Porque el «papá Estado» ha decidido que eso está muy feo, que es malísimo para nuestra salud. Y, como tiene la obligación de cuidarnos con esmero, lo prohíbe. Pero como nos cuida a su manera, debe de ser que no lo entendemos.