Entre libros y trastadas

El petardo

En aquellos tiempos tan lejanos, las distracciones de niñez eran muy diferentes de las de hoy

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El petardo
El petardo LNE
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LUIS ALONSO-VEGA En «Pachín en Covadonga», de aquello tan bien escrito por José León Delestal y recitado por Arsenio García «como nunca se hizo», cuando el médico le preguntaba: «A usté, ¿quéi duel?», Pachín de Melás respondía: «El haber encontrao en la sala de espera a un paisano al quei debía diez duros». Claro, no lo cuento con la exactitud del escritor y menos con la del narrador, pero da una idea para ésta mi aventura de que las cosas tienen un final nada parecido al inicio. Eso es lo que pretendo contarles y que ustedes me entiendan.

Pensando que, en aquellos tiempos tan lejanos, las distracciones de niñez y hasta juveniles eran muy diferentes de las de hoy, nuestros entretenimientos se desarrollaban en la calle, donde unos y otros podíamos jugar a la pelota, otros más grandullones al balón, más allá las crías al «cascayu», algunos pintando con tiza para hacer carreras de chapas..., también los había que, con «algunes perrines o perrones» -léase monedas de 5 y 10 céntimos, respectivamente-, compraban petardos con mecha que, de forma inmediata, se prendían y tiraban para su explosión. Claro, pensándolo hoy detenidamente, no era «de interés» alguno salvo lo de pillar de improviso a alguien, amigo o viandante desconocido, y asustarle. Algo así como lo de las fallas de Valencia, pero en barato: ustedes se dan una idea.

Pero, con el tiempo, el invento tenía que desarrollarse y sigo explicándoselo. El tirar un petardo a los pies de una persona no tiene ciencia: ponerse detrás, encenderlo -con una cerilla o tener preparada la lumbre con una mecha gruesa de «chisqueru» que era más práctico-, arrojarlo al suelo y «biela», pies para qué os quiero. ¿Y yo? Tengo que seguir explicándoselo a ustedes, porque eso de dar «biela», algo así como lo de echar a correr, a partir de los 12 años no se me daba lo que se dice muy bien, y era bastante fácil el pillar al causante del buen susto. Pero yo quería seguir tirando petardos, como el resto de los chavales. Así que, pensando y cavilando, me las ingenié, y en el puesto de Tita -algo así como lo de Tasio en Sama, pero inmóvil y en una casina de ladrillo y tejado- compré un metro de mecha fina para mecheros de gasolina y en casa me entretuve en trocearla en cachitos de poco más de medio centímetro. Espelurciaba uno de los extremos del trozo de mecha y, con la práctica habilidad de los dedos, lograba enganchar lo espelurciado con lo que sobresalía de la mecha del petardo: aquello era arte puro, sin duda. De esa forma, yo lograba hacer una discretísima lumbre en la «pegada» mecha, y dejaba el artefacto en el lugar deseado y preparado para su posterior explosión, sin que nada tuviese que ver conmigo: ¡angelito de Dios!, pensaría alguno.

Y aquello se fue perfeccionando y yo me sentía como un reyezuelo en trastadas. De esa forma, fui ampliando el radio de acción y el atrevimiento fue tal que hasta un día se me ocurrió poner un petardo, justo, en la taquilla de un cine y en un momento en que nadie pidiese una entrada. Lo pensé y la armé. En este caso, corriendo más riesgo, tenía que ponerme a mejor recaudo; quedaba privado del sentido de ver el posible gran susto de la taquillera, pero sí, de lejos, podía escuchar perfectamente la explosión. No sigo más en este párrafo, porque así lo hice y así sucedió. Pienso hoy, a Dios gracias, que a la taquillera en cuestión nada grave le pasó, porque unos días después me acerqué y aún seguía en su puesto. ¿Piensan ustedes lo mismo que yo? Pues sí, porque eso me dio ánimos para volver a hacerlo.

Tal y como les dije, volví a preparar todo ello con la misma minuciosidad. Me acerqué nuevamente a la cartelera del cine, al lado de donde se vendían las entradas; el petardo ya tenía encendida la lenta mecha que portaba en la mano izquierda, estiré el brazo para depositarlo en la esquina de la taquilla y, en ese momento, me dieron tal patada en el culo que, incluso pasados tantos años, creo que aún me duele la rabadilla. No me pregunten si me dio tiempo a desactivar el petardo o me explotó en la mano, porque éste que suscribe se vio, de pronto, en el portal de su casa. Creo que fue la mayor carrera de mi vida, porque otra patada en «sálvese la parte» no estaba dispuesto a soportarla.

Hoy, ya tan mayor y tan arrepentido, no necesito jurarles que, con tal escarmiento y patadón, no volví a comprar y menos a explotar petardo alguno: les tengo un odio...

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