RICARDO V. MONTOTO
Ya está demostrado que la exposición excesiva a los rayos solares es causa de cáncer de piel. Bueno, pues a nadie se le ha ocurrido todavía perseguir a los aficionados al bronceado, aunque con ello estén perjudicando su salud e, incluso, arriesgando la vida. Sin embargo, no está permitido montar en el coche y no abrocharse el cinturón de seguridad. Es por nuestro bien, dicen. Para que no nos hagamos tanta pupa en caso de accidente. Oigan, por mi bien, ¿por qué no se van a la mierda?
No pretendo poner en peligro la vida de nadie, pero si circulase sin cinturón o se me antojara fumarme un porro, ¿a quién perjudicaría? A mí, ¿verdad? Entonces, ¿por qué no nos permiten ser libres para decidir? En tanto no se perjudique al prójimo, ¿por qué no nos dejan en paz? Es más, me parecería correcto que el seguro del coche no cubriera mi imprudencia por no ir correctamente cinchado, ¡pero no me lo prohíban!, ¡déjenme hacer con mi vida lo que me dé la real gana! Exijo mi derecho a poder decidir sobre aquello que me afecte a mí.
Más ejemplos: si en verdad todas estas prohibiciones (con sus correspondientes multas) tienen como fin evitarnos males, ¿puede el legislador explicar el motivo de que se sigan consintiendo los trabajos peligrosos e insalubres? Porque no puedo consumir marihuana, pero sí que me consienten respirar todo el santo día los tufos tóxicos de una industria química. Si al que curra asfaltando carreteras, aspirando muy legalmente los vapores del alquitrán, se le ocurre prenderse un porrito, se le puede caer el pelo y no por el alquitrán, precisamente.
Hace ya tiempo que escribí que soy partidario de la despenalización de las drogas. La situación actual no sirve más que para enriquecer a las mafias y convertir en esclavos a los dependientes. La legalización acabaría de inmediato con el fabuloso negocio (posiblemente por ello sigamos así) y favorecería las condiciones de seguridad para los adictos. Drogas las hubo siempre. Y drogadictos, también. Pero, al menos, podríamos lograr que lo que se meten en vena no fuera la basura que ahora les venden a precio de oro.