JAVIER
GARCÍA CELLINO
Puestos a buscar alguna explicación a las dos últimas enfermedades infecciosas y pandémicas conocidas, la aviar y la porcina, tal parece que ambas hayan sido causadas por un ataque de estos animales -una versión moderna del libro de Orwell- que, cansados de su condición gregaria, han decidido tomarse la justicia por su mano. «¡Ya está bien de utilizarnos siempre como segundo plato!», ¡basta de pechugas al horno y de lomitos trenzados con pimentón!» pudieran haber sido algunas de las consignas que movilizaron a miles de integrantes de ambas especies que, desde entonces, se dedicaron a expandir por el mundo un virus casero, de fácil arraigo entre las membranas que recubren la codicia y la estupidez humana.
Una vez que el microbio se dio cuenta de que se había alojado en un lugar seguro -la codicia y la estupidez acostumbran a dejarnos ciegos-, se dedicó a multiplicarse por un espacio que resulta ideal para sus propósitos, hasta el punto de que en poco tiempo los pollos acabaron convirtiéndose en gallos de espuelas grandes.
Si tuviéramos que destacar a alguno de esos avariciosos dueños del corral, que, a base de tanta hartura, se transformaron en robustos ejemplares, habría que referirse a las multinacionales Roche y Relenza, las dos grandes empresas farmacéuticas que venden los antivirales y que obtuvieron miles de millones de ganancias. Entre otros ejemplos, la transnacional Roche, con un medicamento de dudosa eficacia, el Tamiflú, vendió millones de dosis a los países asiáticos. Por cierto, el principal accionista de esta empresa es nada menos que Donald Rumsfeld, secretario de defensa de George Bush, artífice de la guerra contra Irak.
De modo que, alentados por el éxito de sus congéneres, los cerdos decidieron también iniciar las hostilidades, y no hay más que asomarse a las páginas de los periódicos o de cualquier informativo para darse cuenta de que hasta la fecha están ganando todas las batallas. Su táctica es sencilla, pero a la vez demoledora, visto que nuestra ceguera nos impide darnos cuenta de que la guerra está en otra parte, y no precisamente debajo de tanta psicosis como vamos acumulando entre las costillas.
A la vista de las experiencias anteriores, cabe preguntarse si detrás de estos cerditos de turno no habrá un «gran cerdo» que vuelva a hacer negocio con nuestros temores. (Preocupados por esta epidemia y, por tanto, dolor como causa -son palabras de un ejecutivo de Roche-, la multinacional ha vuelto a poner a la venta el milagroso Tamiflú).
Sin embargo, noticias de actualidad comentan, si bien aún en susurros, que ha surgido un traidor entre las filas del ejército porcino. Parece ser que está dispuesto -otra cosa sea que los generales se dejen arrebatar el mando- a demostrar que existe una receta sencilla, una prescripción hecha a medias entre el sentido común y la ausencia de grandes intereses económicos: «Si a la Organización Mundial de la Salud le preocupa tanto esta enfermedad, ¿por qué no la declara como un problema de salud pública mundial y autoriza la fabricación de medicamentos genéricos para combatirla?».
Quedamos al tanto del parte de bajas. (Ah, por cierto, mientras la gripe aviar sólo provocó 250 muertes en todo el mundo, durante 10 años, la gripe común mata medio millón de personas cada año).