Relatos de verano

La confesora de impíos (II)

n Obra ganadora del XLVI Premio Internacional de Cuentos Lena

 
La confesora de impíos (II)
La confesora de impíos (II)  

JESÚS TISCAR SANDRA A Liborio Zolosón se le había pasado un poco la llorera y nos contaba en ese momento cómo Lorenzo había matado heroicamente una abeja que se les coló en el comedor del seminario, la cual tuvo en jaque y con los pelos de punta a los comensales, y cómo después se había arrepentido tanto de haber quitado de en medio a una criatura de Dios, tan afanosa además, que se colocó un cilicio en la cintura e hizo ayuno durante cuatro días, desoyendo las severas amonestaciones que por su exagerado proceder le dirigían los viejos clérigos.


Los gritos de mi tía pusieron en pie a todos de golpe y acudimos en tropel a ver qué pasaba, imaginando lo peor, claro está. Tíos, primos, cuñados y demás familia irrumpimos en la alcoba (algunos no habían reunido la suficiente presencia de ánimo para dejarse en la mesa la copa de licor y atendían al drama con ella en la mano, otros masticaban roscos) y nos encontramos al tío Froilán inclinado sobre la cama, zarandeando a su hijo medio muerto, al que tenía cogido por las solapas de la chaqueta del pijama, gritándole que se había vuelto loco.


Mi padre impidió que siguiera; a mi padre siempre se le dio muy bien eso de mediar en las pendencias y sosegar al personal: los taberneros de Poblalánguida (Solobuche y Letraefe) agradecían mucho su presencia a ciertas horas, pues era un hombre de natural dialogante y tenía la habilidad de desinflar arrestos con la palabra. La tía Dolores, en tanto, nos gimoteaba el motivo de su angustia, la cual venía a añadirse a la de llevar luto por un hijo de por vida: que Lorenzo había pedido que lo viera Jucia Mirtales, la confesora de impíos -requerimiento en el que el enfermo insistía con voz de barro seco desde su lecho de muerte-, y que a ver si no era para romperse el pecho de pena y desilusión. El tío Froilán lloraba como un chiquillo cuando mi padre lo sacaba de la habitación diciéndole que un coñac no le iba a venir mal, lo reconfortaría, mas el tío Froilán aseveraba que él no quería coñac, sino veneno, ¡veneno! -repetía-, a lo cual mi padre le respondió que tampoco era para ponerse así, hombre, y que no dijese más barbaridades. Las mujeres habían sentado a la tía Dolores en un butacón y todas coincidían en querer hacerle ver que lo que le pasaba a su hijo era que estaba delirando, el pobre, y que hablaba por hablar, sin ton ni son, lo primero que se le venía a las mientes, chaladurías..., calumnia que el propio muriente desmintió desde su cama a la par que nos miraba a todos con los ojos muy abiertos, las pupilas amarillentas y la nariz ya afiladísima. Liborio Zolosón se acercó a la cabecera del compañero de seminario y, tras besar su frente con devota demora, le dijo que era un tonto y un alborotador y le ordenó, en tono muy dulce, que se callara, pues con los disparates que decía estaba haciendo sufrir mucho a su madre. Pero el primo Lorenzo no lo escuchaba. Tenía el rostro empapado en sudor y respiraba como si acabase de llegar a la cama tras una larga maratón. Fue entonces cuando alguien cayó en la cuenta de que los niños no deberíamos presenciar escenas tan dramáticas y nos conminaron a abandonar el cuarto. Los niños éramos yo y un primo segundo mío al que había conocido ese día, de nombre Francisquito, con gafas, quien se había pasado la tarde hablándome -con mucha menos pasión de la que yo ponía ante sus explicaciones- de las atrocidades teratológicas que con tanta frecuencia se daban en los animales del pueblo norteño en que él vivía. Y como ni Francisquito ni yo nos dimos por enterados, pues nos resultaba interesantísimo lo que allí estaba pasando, Trini, otra prima segunda a la que el primo segundo y yo acabábamos de conocer también -ésta ya adolescentona y urbana, medio tonta-, nos invitó a salir con ella de aquella alcoba del dolor y el despropósito, donde la muerte paseaba su capa de saco, con la promesa, innecesaria y al oído, ya camino de un cuarto de la plancha cualquiera, de que nos enseñaría el chumi -así dijo- si le contábamos quién era esa Jucia, «porque yo es que no me cosco, primos», añadió Trini, y tanto a Francisquito como a mí nos pareció justo el intercambio de conocimientos que la pariente nos proponía.

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