RICARDO V. MONTOTO
El avión inició el descenso girando suavemente hacia la derecha, momento en el que ante nuestros ojos se mostró el perfil de la costa asturiana. El azul del mar quedaba por fin interrumpido por el verde intenso que alfombra nuestra tierra. El enorme espigón de El Musel -incluso se adivinaba parte del sobrecoste-, Luanco -busqué algún mierense conocido- y el Cabo Peñas se veían con la claridad de las fotos aéreas que de vez en cuando se adjuntan con los periódicos. Un nuevo cambio de rumbo nos llevó a sobrevolar la playa de San Lorenzo, llena de gente que aprovechaba los últimos rayos de sol, volviendo a girar desde el interior para enfocar la pista de aterrizaje. En esa larga trayectoria curva en nuestra ventanilla apareció Oviedo a lo lejos y la infinita sucesión de montes y valles que conducen al Occidente, vistos en perfecta perspectiva gracias al contraluz del atardecer. Fueron unos pocos minutos de una belleza sobrecogedora. Mi tierra, desde las alturas, con aquella luz, no tiene rival.
Volvíamos con la extraña sensación, mitad alegre y mitad triste, del final de unas vacaciones inolvidables. Sentado en mi asiento, me mantuve casi todo el vuelo con los ojos entornados, melancólico, imbuido en mis pensamientos, tratando de organizar los recuerdos de los días pasados. Pero el espectáculo que se veía por la ventanilla resultó tan bello y emocionante que casi ni me enteré de que habíamos tomado tierra.
Una hora después miraba tras los cristales del coche el bosque de bloques de pisos del norte de Oviedo. Un mar de hormigón y ladrillos sin personalidad alguna, que lo mismo se puede uno encontrar en Valdemoro que en Hospitalet. Acabábamos de venir de lugares que fueron arrasados en la II Guerra Mundial pero renacidos conservando sus esencias y tradiciones, respetando su historia. Sin embargo, Asturias, que a vista de pájaro resulta prodigiosa, ha matado estúpidamente gran parte de su tradición enterrándola bajo el peso de una urbanización deshumanizada y culturalmente nula, que nada refleja sobre lo que somos.
Y me pregunto: ¿Por qué hacemos desaparecer lo que en el resto de Europa se esfuerzan en conservar? Será que nos avergonzamos de nuestro pasado, digo yo...