Jucia Mirtales, la confesora de impíos de Poblalánguida, sabía muy bien de qué colores eran los pecados de los ateos moribundos a los que escuchaba en confesión. Jucia había sido monja de clausura en un convento lejanísimo -claro- hacía ya muchos años. Los ateos, los agnósticos, los herejes, los blasfemos, los comunistas, los libertinos de Poblalánguida y demás ralea de inspirados por Satanás, cuando sentían, por el frío acartonamiento de las sábanas, que aquel ya era su lecho de muerte, requerían a gritos los servicios espirituales de Jucia Mirtales, la confesora de impíos, tan desaforadamente que sus familiares, por devotos que fuesen, terminaban llamándola aunque sólo fuera para que el agonizante se callara de una vez y los dejara dormir en paz. Recuerdo mi pueblo sobrecogido al paso renqueante de Jucia, quien se hacía acompañar de una monaguilla muy pálida y fea, vestida de primera comunión, que no era una niña de Poblalánguida, que nadie conocía, aunque todos sabíamos que se llamaba Lera y que -por supuesto- estaba muerta y enterrada en algún nicho de un enorme cementerio, también muy lejano. Los vecinos seguían a Jucia algo más que a cierta distancia para ver en qué casa se metía, si bien todo el mundo estaba al tanto de quién andaba muriéndose y en qué condiciones iba a entregar el alma, o sea, que lo que hacían los vecinos era corroborarlo para escandalizarse más y mejor.
La monaguilla Lera, delante de Jucia Mirtales, quien, como ciega, apoyaba una mano en un hombro de la niña, iba tocando una campana de cristal muy gordo que apenas sonaba, pues el badajo era un hueso, decían que de lobo. La confesora de impíos vestía los mugrientos hábitos de la monja que fue y se cubría la cara con un velo blanco lleno de lamparones. Entre las dos, Jucia y Lera, atravesando las calles de Poblalánguida, inspiraban una suciedad como de exhumaciones y pecados sacrílegos. Daba mucho repelús y hasta cierto asco verlas.
La prima Trini se tomó la cosa a risa -«movidas de los pueblos», dijo- y no se quitó las altas botas de amazona para bajarse los vaqueros, dispuesta a cumplir su parte del trato. A los pocos minutos, mientras la prima segunda nos instruía, con un tono muy docente, a Francisquito y a mí acerca de las funciones tan importantes que cumplía aquello que nos mostraba, oí que mi padre me llamaba, preguntándose indignado dónde me había metido, así que tuve que abandonar el aula -Francisquito muy cerca de la pizarra, dada su condición de miope- para ir a ver qué quería mi padre antes de que éste supiera en qué enseñanzas andábamos. Y lo que mi padre quería es que fuese yo quien avisara a Jucia Mirtales, algo que me llenó de orgullo y miedo a un tiempo, siendo este último sentimiento el que me impulsó a preguntarle por qué me habían elegido a mí, a lo que mi padre respondió que porque en aquella familia nadie tenía los suficientes huevos, él el primero, y que cuando faltan huevos lo mejor es mandar a un crío, siempre y cuando ese crío fuese tan formal y responsable como yo. Esto me puso aún más orgulloso.
De pronto, a los diez años, me había convertido en un hombre por partida doble y en un breve lapso: el que medió entre haber conocido hembra -al menos de lejos- y ser destinado para la ejecución de una empresa tan delicadamente familiar como era la de ir a decirle a la confesora de impíos de Poblalánguida que tenía faena con un seminarista en las últimas. Al parecer, una opinión vertida por Liborio había sido determinante en la decisión de cumplir con la última voluntad del primo Lorenzo. El seminarista de la bocota, quien se hallaba al tanto de la historia de Jucia Mirtales por habérsela referido su compañero en varias ocasiones, dijo estar seguro de las verdaderas intenciones del primo al solicitar la presencia de tan estrambótico personaje.
Liborio Zolosón sabía que, en efecto, Lorenzo había visitado aquella Navidad a Jucia en su casa. ¿Para qué? Muy sencillo y nada más lejos de lo escandaloso era el motivo: todo se debía a la labor redentora que tan fuertemente iba implícita en la rotunda vocación sacerdotal de Lorenzo, hasta tal punto que, siendo el de María Magdalena uno de sus pasajes bíblicos preferidos, de vez en cuando se escapaba del seminario a los prostíbulos, donde más lo necesitaban, extralimitándose en sus funciones, claro que sí, puesto que aún no había sido ordenado sacerdote, pero cargado de mucho amor a Jesucristo y libre de toda intención reprobable. «Qué duda cabe -siguió explicando Liborio Zolosón, lejos de los oídos del moribundo- que si hay una casa en este pueblo donde las palabras de Lorenzo, encaminadas al temor de Dios, sean necesarias, esa casa es la de la tal Jucia Mirtales». Lo que el primo seminarista deseaba saber antes de irse con Dios, según el compañero Zolosón, era una respuesta que la confesora de impíos de Poblalánguida le debía desde aquella visita navideña, en que se la prometió, aunque Liborio desconocía la pregunta, en eso Lorenzo siempre se había mostrado muy discreto. «Sí -dijo el tío Froilán-; pero a ver quién le hace creer esa gaita a la gente...». No obstante, sus padres, por fin, consintieron darle aviso a Jucia.