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HEMEROTECA » EL TIEMPO » |
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JESÚS TISCAR SANDRA
Antes de partir pensé en pavonearme ante los primos segundos por lo que me habían encomendado los adultos, pero no lo hice, pues seguramente se empeñarían en acompañarme y aquello era algo que yo quería y tenía que hacer solo. Que siguieran con su clase, la cual a mí me había empachado un poco. Mi madre me despidió con un beso llorica y me ordenó que volviera corriendo en cuanto diera el recado, a poder ser desde lejos, y que por nada del mundo se me ocurriera entrar en casa de ésa. Liborio Zolosón me apretujó las mejillas con una sonrisa guarra, boqueritas blancas de saliva seca entre las cuales mediaban kilómetros de labios. Jucia Mirtales vivía en la parte más vieja de Poblalánguida, calle de las Altas, en una casa descascarillada, cerrada a cal y canto, enjalbegada hacía siglos. Y yo iba muerto de miedo. Como no alcanzaba al llamador de la puerta, di con los nudillos, pero la madera era de una solidez férrea y tuve que llamar a puñetazos. Quería acabar cuanto antes y largarme, tal y como me había ordenado mi madre. No tardaron mucho en abrirme, y quien lo hizo no fue Jucia Mirtales, sino una niña a la que tardé unos instantes en identificar como Lera, la monaguilla, pues no estaba vestida de primera comunión, sino que llevaba un jersey rosa y unos pantalones de pana negros. Así no parecía tan muerta y enterrada, me dije, ni tan fea. Lera me miraba en silencio, preguntándome con sus impresionantes ojos negros qué quería. Yo solté de carrerilla que mi primo Lorenzo, el seminarista, se estaba muriendo y que había pedido que fuera Jucia a verlo, tras lo cual me hubiese marchado a toda prisa si Jucia Mirtales, sin hábito de monja, sin velo, como una mujer corriente, una mujer madura y guapa, no llega a aparecer en ese momento detrás de la niña, con la cara desencajada de espanto. «¿Qué estás diciendo, qué estás diciendo?», me preguntó con la metida voz en lloro. Yo iba a repetir lo mismo que acababa de decir, pero ella se adentró en la casa, echándose las manos a la cabeza. Lera se fue tras ella y, me pareció, Jucia pronunciaba el nombre de Dios con amargura al tiempo que la niña la llamaba «tía Jucia».
-Pasa, chiquillo. Pasa -dijo la confesora de impíos desde un fondo oscuro, pero no me dio miedo, tan dulce fue su tono de voz.
Cuando volví a casa de mis tíos e informé de que Jucia Mirtales no iba a acudir, la noticia causó mucho más asombro e indignación que la inesperada demanda del primo. El desconcierto era tanto que nadie atinaba a preguntar las razones que la confesora pudiera haber dado para no venir, y todo eran reproches e insultos, sobre todo por parte de la tía Dolores, a quien supongo que era el alivio lo que en realidad la empujaba a echar pestes por su boca contra «esa bruja indeseable» que, encima, se permitía el lujo de decir que no a la llamada de un santo varón como su hijo.
Fue Liborio quien se mostró más sensato y conciliador, interrogándome acerca de mi entrevista con Jucia. Yo expliqué que la confesora de impíos no me había dicho por qué no quería venir, pero que tenía un mensaje que darle a Lorenzo de su parte. Se hizo un gran silencio. La prima segunda, Trini, me miraba reprochándome el haber hecho la rabona y el primo segundo Francisquito, a su lado, sonreía con una cara muy rara. Toda la familia, conocida y desconocida, tenía las copas de licor y los roscos de aceite en suspenso, pendiente de mis palabras. Pero no les dije nada más. Me dirigí al dormitorio, donde se moría el primo, arrastrando a todos tras de mí.
Me situé a la cabecera de la cama y toqué a Lorenzo para que abriera los ojos, si es que no había muerto ya.
-¿Y Jucia? -preguntó.
-No va a venir; pero me ha dicho que te diga que la respuesta es «no».
Una fresca, radiante sonrisa se dibujó en el lienzo ajado que era el rostro del primo Lorenzo, el seminarista. Volvió a cerrar los ojos, pero la sonrisa perduró hasta su muerte, pocas horas después. Una sonrisa a la que no hacía falta preguntarle nada, con la que Lorenzo decía claramente que ya se podía morir en paz.
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