LAURA M. GONZÁLEZ
-Bien está entonces. Ahora veremos a dos personas o tres, pero creo dos, que ya hemos visto antes. Tienen que amar fuerte ese sitio. Mucho, mucho. Toda vida en ello. Y estar atrapados los dos, y nos piden ayuda.
Luis Fernández mira con cara de sorpresa al médium antes de tomar la palabra.
-Todos han comprobado que el señor Aahgmahogo ha sido aislado durante estos días y que no tuvo comunicación con el exterior. Dos empleados de su Fundación -y miró a James Randi al decir las últimas palabras, hasta que éste asintió- han vigilado constantemente que las condiciones de aislamiento fueran absolutas, así que por ese lado no hay dudas: supongo que después de lo que hemos visto en estas reuniones ninguno de nosotros se asombrará de nada, pero les aseguro que lo que ha anunciado nuestro médium es exactamente lo que vamos a ver.
En la pantalla en blanco y negro aparecen los dos personajes, en una nave enorme y vacía. Han pasado casi treinta años desde que los viéramos devorando marisco. Queli el de la Felguera se ha quedado calvo, aunque luce una extraña coleta con el escaso pelo que aún sobrevive en la nuca, le adorna una barriga cervecera inmensa y los ojos le brillan por efecto del alcohol ingerido. Sostiene en las manos una botella de ron negro barato, de la que de vez en vez echa un largo trago.
-La mezcla va a matate Queli, mira que te tengo avisao.
A pesar del paso del tiempo, Calín de Rioturbio mantiene la figura y el pelo, aunque completamente blanco.
-¿Y qué? De algo hay que morrer. Pa lo que pintamos tú y yo en esti mundo...
-Tampoco seas tan dramáticu.
-Ya me dirás. No sé cómo me pasó, pero cuando me di cuenta, la única familia que tenía, los únicos amigos, la única vida, yera Perlora. Cuando morrió mi pá quedé más solu que la una. Tola vida preferí el garrafón a les muyeres, y si quise algo con alguna, fue pagándolo.
-Tampoco yo toy mucho meyor que tú -responde Calín intentando calmar al amigo, que se encuentra en la fase llorona de la borrachera-, pero la vida ye así.
-Tú, polo menos, anduviste tres o cuatro años con aquella de Sotrondio, Mobylette Santo Emiliano arriba y abajo aunque cayera el cielu. Ye verdá que tuviste mala suerte colo del accidente.
-Va pa ventisiete años, y tovía veo el 850 saltando el stop con los cuatro guajes borrachos como cubes...
-Tú quedaste solu porque quisiste. Desde entonces no miraste pa otra muyer, y más de una te rondó, ni te relacionaste con más amigu que yo... ¿daste cuenta que si ahora nos pasara algo, nadie nos diba a echar de menos? Cierra Perlora, oficialmente ya marchamos, nun tenemos familia ninguna, tol que nos conozca diba a pensar que por fin arrancamos a dar la vuelta al mundo ahora que tenemos el bolsu caliente...
-Hoy pillástela buena, y eso que sabes que el ron negro te pon el hígado melancólicu.
-Esto ye lo único que nos queda: el recuerdu de los buenos tiempos, que siempre fueron los primeros veranos de Perlora, y luego, cuando quedamos fijos. Esti comedor, el uno, casi lu puedo ver llenu de gente. Ochocientes persones; luego fue cuando yos dio por decir que había que subir los precios y Perlora dejó de ser rentable.
-Cada vez menos gente trabayando. A ti pasáronte de eletricista a seguridad, ficierónnos funcionarios. Fue cuando empezó la pena, ver cómo los praos quedaben sin segar y los chalés vacíos.
-Hablando de cuando fui eletricista ¿A que nun sabes que tovía guardo les llaves de la neverona? cerraron el comedor fai años, pero la neverona sigue funcionando hasta mañana que la apaguen ¡Vaya por Dios, acabóseme el ron. Menos mal que tengo una botellina enfriando!
-Voy contigo a acabala, que con esta conversación púseme más murniu de lo que taba.
Una última escena muestra a los dos amigos entrando en la neverona. Mientras las imágenes se funden al negro, se oye el golpe seco de una puerta al cerrarse.
-Y esto es todo señores -exclama Luis Fernández cuando la grabación se termina-. Como ven, las previsiones de nuestro médium se cumplen al pie de la letra: ¿podría explicarnos ahora por qué estaba usted tan seguro, señor Aahgmahogo?
-Un solo fantasma imposible tal fuerza. Al menos, dos. Seguro que quedaron encerrados ahí hace años, olvidados. Contaron con elementos que otras veces, en esa ciudad, miles de personas estaban felices, amaban, en quince días podían disfrutar de la vida. Y dejaron un campo de fuerza positiva inmensa, que los fantasmas aprovechan para mandar el mensaje. Comprueben y verán que todo es así.
A pesar de la oposición del director general, Mirindo Mazucu, el equipo de Cuarto Milenio consiguió permiso para buscar antes de seguir con el derribo del edificio, y en el lugar donde se encontraba la vieja nevera del comedor uno encontraron dos esqueletos vestidos aún con las ropas de Calín y Queli y abrazados a una botella de güisqui Dyc. Pudieron averiguar por el responsable de mantenimiento, que a causa del permiso del operario que tenía que desconectar la neverona, el apagado definitivo se retrasó tres días y que bastó con cortar la corriente del edificio.
Más de tres mil personas que habían trabajado en Perlora acudieron al entierro de los dos amigos, cuya historia conmocionó a toda Asturias y muy especialmente a las Cuencas. James Randi y Aivá Aahgmahogo, volvieron a sus incredulidades y a su fe, ya que apenas acabado el entierro, todas las imágenes que se habían grabado se borraron. Así James Randi, a pesar de lo visto, pudo negarse una vez más a aflojar el millón de dólares. Cuarto Milenio siguió otras diez temporadas más, pero nunca consiguieron nada ni remotamente parecido. Y Perlora figuró en trece proyectos diferentes de los distintos gobiernos regionales sin que nunca volvieran a oírse las risas de los viejos y felices tiempos.