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Unas elecciones a palos

 
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Unas elecciones a palos
Unas elecciones a palos  
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Como algunos de ustedes seguramente recordarán, el largo periodo de nuestra historia que media entre diciembre de 1874 -cuando fracasó definitivamente el primer intento republicano- y septiembre de 1923 -con la instauración de la Dictadura de Primo de Rivera-, es conocido como Restauración. En estos años funcionó un sistema de elecciones con el que se trataba de justificar el poder que ejercían los caciques en cada región y cada pueblo de España. Hasta llegar al año 1910, en el que hoy nos vamos a detener, se promulgaron sucesivamente tres leyes electorales: la de 1878, en la que se implantó el sufragio censitario; la de 1890, que restableció el sufragio universal masculino (ya conocen que la mujer no tuvo derecho al votó hasta la II República), y la de 1907, que fue un intento fallido de Antonio Maura para modernizar el país.

No les voy a contar ahora la historia de los diferentes partidos y candidatos ni de sus alianzas en Asturias, pero sí quiero aclararles que en este tiempo la tónica general pasó siempre por el enfrentamiento entre candidatos conservadores, liberales, republicanos y, a partir de 1901, primero tímidamente y luego cada vez con más fuerza, de los socialistas y también en las Cuencas mineras por una marcada abstención, sobre todo en la zona de La Felguera, donde el anarquismo estuvo fuertemente arraigado.

A lo que quiero ir es a los intentos de manipulación que se repetían con cada convocatoria por parte de los defensores de las candidaturas conservadoras que favorecían los intereses del capital y que acabaron desembocando el domingo 8 de mayo de aquel 1910 en violentos choques entre obreros de diferentes tendencias, que se enfrentaron en Mieres.

Según informaba al día siguiente el diario «El Noroeste», órgano de los partidarios de Melquíades Álvarez, que en aquel momento defendía la idea republicana, había sucedido «lo que no podía menos de suceder y que estaba en la conciencia de todos» y se acusaba directamente a los clericales de haber rebasado todos los límites en las provocaciones por haberse empeñado en expender candidaturas en el Círculo Católico a los obreros de la Fábrica y de haber traído a la villa para guardarles la espalda una cuadrilla de matones, alguno de los cuales ya eran viejos conocidos por ser esquiroles habituales, siempre amparados por las autoridades conservadoras que pasaban por alto todas sus fechorías, por lo cual «llegaron a envalentonarse de tal forma que se creían verdaderos dueños de Mieres».

Pero aquella mañana la negativa de algunos trabajadores a aceptar la manipulación habitual acabó derivando en una trifulca con varios lesionados por golpes de palos y piedras y -lo que resultó más preocupante- también por las balas disparadas en el tiroteo que se produjo en plena calle.

La Casa de Socorro informó que allí habían sido atendidos varios contusionados y proporcionó el nombre de los heridos más graves: Rogelio Alonso, de La Villa, con una herida de tres centímetros que le interesaba la piel en el medio de la frente; Ángel Baragaño, de Bazuelo, también con una herida contusa en la frente, dos en la región nasal y otra en el parietal izquierdo, producidas con palo y piedra; Belarmino Vázquez, de Requejo, con dos heridas de arma de fuego, una en el brazo derecho con salida, y otra en la región infra-escapular derecha, sin salida, y por último Benjamín Gutiérrez, de la Villa, con un balazo en la pierna izquierda que hizo necesaria una intervención para extraerle el proyectil. Y si no ocurrieron más desgracias fue gracias a la intervención de los concejales republicanos, del delegado del gobernador D. Inocencio Muñiz y del juez suplente D. Francisco Peña, que con sus atinados consejos lograron aplacar la excitación producida en el pueblo.

Sobre lo ocurrido, como siempre sucede, se dieron dos versiones. Benjamín Gutiérrez afirmó que él había sido agredido junto a otros compañeros y que el disparo se lo había hecho el vecino de Sobrelavega Joaquín Blanco, a su vez herido de bala aunque no fue atendido en ninguna institución y que pertenecía como los otros tres lesionados al grupo de protegidos por la patronal, pero el caso es que la justicia no lo entendió así y dándole la vuelta al calcetín convirtió a los supuestos agredidos en agresores y solo practicó detenciones entre ellos, lo que indignó a un sector de la población.

Luego se extendieron comentarios sobre los revólveres empleados por quienes querían forzar los votos, diciendo que les habían sido regalados por la patronal, y también corrió el rumor de que algunos disparos habían sido hechos desde un establecimiento comercial que entonces tenía abierto precisamente en Sobrelavega Castor Álvarez Viejo, de forma que el hombre para desmentir esta historia tuvo que publicar en la prensa la versión de los testigos que afirmaron que los tiros se habían hecho en plena calle y el industrial se había limitado a dejar libre la entrada de su establecimiento para que pudieran refugiarse cuantos quisieran librarse del tumulto.

En las jornadas que siguieron, los heridos evolucionaron bien y el juez de primera instancia se desplazó desde Lena para tomarles declaración en sus mismos domicilios, salvo en el caso de Belarmino Vázquez, que tuvo que ser internado en el hospital que entonces tenía instalado Fábrica de Mieres para los obreros de Baltasara en el pueblo de Murias. En cuanto a los detenidos, todos ellos socialistas, fueron conducidos a su vez a La Pola reclamados por el mismo juez, dándose la circunstancia de que en el tren correo que los llevaba viajaban también con destino a Madrid el poeta Vital Aza y su esposa, que frecuentaban Mieres siempre que tenían ocasión.

Conocemos los nombres de siete de los encausados por los incidentes de aquella jornada: Elías Rodríguez, Felipe García, Avelino G. Megido, Cipriano García, Juan Bernardo, Obdulio Campo y Marcelino Magdalena. Algunos participaron después activamente en las movilizaciones de aquellas primeras décadas del siglo y concretamente Marcelino Magdalena pasó en los años 30 a integrar el Bloque Obrero y Campesino, siendo el de más edad entre el grupo de jóvenes que encabezaba Manolé Grossi, junto a el que asistió después a la fundación del POUM.

A la hora de verdad, la historia olvida esos incidentes y lo que queda en los libros de aquella jornada es solo el resultado de las urnas, que se resume con la elección en Mieres de Melquíades Álvarez, tercero, después del marqués de Canillejas y Alas Pumariño lo que se consideró a pesar de todo un buen resultado para las izquierdas. Sin embargo, y con menos lío, en todos los distritos de Langreo la victoria fue para Melquíades Alvarez, en segundo lugar quedó Ignacio Herrero y ya por detrás con menos votos Alas Pumariño y el marqués de Canillejas.

Aunque en los concejos más pequeños la victoria fue para las derechas y en Laviana venció holgadamente el marqués de Canillejas, se consideró que en general había sido un buen resultado para el progresismo y la jornada sirvió de reflexión cuando se cayó en la cuenta de la diferencia abrumadora que se podía haber obtenido presentando una candidatura conjunta entre republicanos y socialistas, sobremanera si se hubiese logrado rebajar la abstención obrera.

Y si en el Nalón el día había sido mucho más tranquilo, debemos decir que -para no perder la costumbre- también se informó de que algunos directivos de la Sociedad Duro-Felguera habían obligado a empleados y obreros a que votasen la candidatura conservadora e incluso se habían dado intentos de compra de votos en la misma puerta de los colegios, ocasionando pequeños enfrentamientos que no pasaron de los insultos y los empujones. En medio de este ambiente la anécdota más curiosa se dio en una empresa, cuyo nombre no nos consta, y en la que cuando se seguía la norma de recomendar el voto a los conservadores se recibió un telegrama de su mayor accionista, convencido republicano, indicando que de orientar a los trabajadores hacia algún candidato, éste debería ser Melquíades Álvarez, por lo que hubo que dar marcha atrás apresuradamente en las consignas.

Cuando se hizo el recuento general, el candidato Alas Pumariño, uno de los derrotados, protestó airadamente de las numerosas coacciones que se habían dado en la puerta de los colegios y llegó a pedir que se invalidasen los recuentos de Riosa y Morcín tachándolos de falsos, pero después de un fuerte enfrentamiento verbal con los responsables del escrutinio, acabó aceptando el resultado provisional: marqués de Canillejas, 12.843 votos; Melquíades Álvarez, 12.349; Ignacio Herrero, 12.275 y Alas Pumariño, 12.089.

Los tres primeros y por el mismo orden fueron proclamados diputados electos por nuestra circunscripción. El público acogió con aplausos y manifiesta satisfacción la lectura del resultado, los heridos continuaron recuperándose, los detenidos, en el cuartón, los empresarios enriqueciéndose, los obreros trabajando? y aquí paz y después gloria.

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