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Entre libros y trastadas

Gato escaldado

n La historia de «Cuco», el minino que temía a los roedores

 
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Gato escaldado
Gato escaldado  

LUIS ALONSO-VEGA En más de una ocasión les hablé a ustedes del gato, del último gato que hubo en casa. No obstante vivir en un segundo piso de los de antes, de los de «a 3,25 metros» de altura los techos, el hecho de tener un gran almacén de cereales daba lugar a que, de tarde en tarde, asomase la cabeza un cariñoso ratoncito: ¡qué cosas! Así que siempre nos vimos obligados a tener un pequeño felino, que, según decían, sólo con el olor los ratones marcaban su ausencia. Lo dicho, en casa hubo varios gatos, pero el que suscribe sólo recuerda bien al último, que resultó escaldado para toda la vida.

Ese último minino, cuando nos lo trajeron de pequeño, no sé por qué razón ya venía con el rabo diezmado, vamos, cortada un poco su punta. Era blanco y negro, destacando más lo primero. Además, cosa que conoce mucha gente, son animales domésticos muy limpios, que todo el día se pasan la lengua. En seguida se encargó mi madre de educarle y de que sus necesidades fisiológicas fuesen a parar al cajón del carbón, que el propio animal tapaba decentemente: todo un ejemplo. ¿Qué comía? De todo, de cualquier sobrante de comida: lentejas, garbanzos, arroz, las espinas del pescado?, creo que nada que se parezca a lo que hoy sus amos les dan, diría, con toda clase de lujo. Más aun. Sin que nadie le hubiese enseñado, de vez en cuando iba por su cuenta hasta un balcón donde teníamos geranios y se comía unas cuantas hojas. Mi madre me dijo un día: «Sabe que tiene que purgarse». Dormía al lado de la cocina de carbón por la noche y durante el día variaba el lugar de la casa donde aprovechaba para echar un sueño; pienso que los gatos son tranquilos y dormilones en general. Al menos el nuestro.

Un buen día, por eso de destacar en su aburrida vida gatuna, por un pequeño agujerito del pequeño cuarto que nosotros llamábamos «despensa» se atrevió a asomar un diminuto ratón. Mi hermano no lo dudó, fue a la cocina, cogió al gato y lo puso enfrente del roedor: la reacción de ambos fue genial. El gato se engrifó, puso todos sus pelos de punta, soltó un maullido de terror, dio media vuelta y salió en dirección contraria. Del mouse nunca más se supo y por allí tapamos con masilla con pequeños cristales rotos -decían que era lo más eficaz.

El gato era mío, decían en casa. Yo era el que más jugaba con él, intentaba «adiestrarle», le hacía, nunca mejor dicho, perrerías por demás y el animal se enroscaba en mis piernas... infeliz. Mas un día de vacaciones, tal como ahora hace años, se me ocurrió mejorar el aspecto del bicho. Cogí un hermoso servilletero rojo y, ni corto ni perezoso y dejándose «querer», se lo pasé por la cabeza quedando a modo de «cuello duro»: estaba de guapo que ni se lo cuento. Pero aquello no era así ni mucho menos, porque «Cuco», como así lo llamábamos, no estaba conforme con aquella guapura, sentía malestar en la garganta y soltaba unos maullidos que eran auténticas lamentaciones. Entonces me asusté e inmediatamente quise quitarle tal lujo de cuello, pero el rojo servilletero no salía ni a la de tres. Claro, no era igual el pasarle algo hacia adentro por encima de sus orejas que la marcha atrás. El gato parecía empeorar y yo cada vez estaba más arrepentido. Acudí a mí hermano mayor, que en aquel momento estaba con su amigo Pablo, bilbaíno él, y mientras uno lo sujetaba el otro serraba el servilletero con mucha delicadeza. Y yo, ¿qué hacía entre tanto? Llorar. Pero con un desconsuelo... En casa siempre se acordaban de mis lamentaciones: «¡Ay, mi gatín. Que se muere!». Pues no, no sólo no se murió, sino que a los diez minutos estaba a mi lado como si nada le hubiese hecho.

Entonces, ¿por qué digo escaldado en el título? La historia es mucho más larga. Un buen día decidieron por mayoría deshacerse del gato, cosa que no me dijeron, dándole instrucciones a la burgalesa asistenta que teníamos en casa de que lo llevase lejos y no regresase. Pero no fue así. Tan expedita era la mujer que, viendo al gato sentado en el alféizar de la ventana, le dio un empellón y a la puñetera calle. Con lo de las siete vidas del animal, nada le pasó, pero sí que en aquella ocasión escarmentó: nunca más regresó. ¡Como para jugársela otra vez! Acabo: nunca más tuve gato.

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