MARCELINO M. GONZÁLEZ
Tengo un amigu que ye músicu, o al menos parezlo. Digo que lo parez porque, a veces, cuéntame coses en «do», yo entiéndoles en «re», ármase la de dios y dizme que soy un burro musical. Ye el dirigidor de un grupo coral. La verdad es que yo no sé por qué llamen «coral» a unos cuantos paisanos que se junten pa cantar tonaes que ya sabemos todos, como aquella de «Axuntábense», o aquella otra de «Vas por agua a la fuente de la Aurora», o la de «Fuiste al Carmín de la Pola», les del chigre, pa que me entiendan. Ahora, como en los chigres no dejen cantar porque piensen que estás borrachu, si estás en una coral y vas encorbatáu, entonces sí. Sí pues cantar, y además invítente. Por eso se debe de llamar así, porque viste. Debe de ser la hostia cantar en una coral de éses, y si yes el diretor, la rehostia. A lo que iba, esti amigu míu debe de ser músicu, porque sabe leer los papeles que-yos ponen delante. La partitura, me parez que-y llamen los entendíos. Pero tengo otru amigu que toca la guitarra sin que lu dirija nadie. Él dirígese solu. Y toca bien, tien gusto el cabrón. Pues eso, que el profesional y el aficionáu son amigos míos de los de la tertulia sidril, con muyeres, güeles y fíos. Y Duke y yo, que no tenemos ni puta idea de música pero cantamos alguna de vez en cuando, quedamos alucinaos cuando oímos conversar a estos Voncarayans. Que no nos enteramos, vaya, aunque pongamos cara de enteraos.
Esti verano llamáronlos pa tocar en la famosa romería de Pola del Tordillo y marcharon p'allá acompañaos de un órgano, esi instrumento diabólicu que lo toca to, y una guitarra. Estuvieron tres hores cantando por habaneres, rumbes, cumbies, jotes, sevillanes, asturianes y tordillenses. Y los del pueblu encantaos. Quedaron tan contentos en el pueblu que el alcalde invitólos a cenar. A cuerpo de rey los trató la muyer del alcalde. Pa entrar en materia, y mientras terminaba de preparar la cena, algo pa picar, media docena de chorizos de casa de esos picantinos, tortos con picadillo, mediu quesu cabrales ya untáu, tacos de casín y jamón..., y un vino cosecheru pa morise. Llegó el primer platu: una fabada como pa ocho. Chorizos, morcilla, llacón, uñes..., el gochu casi enteru. Los mis amigos flipaben. Segundu platu: pitu caleya. Sólo-y faltaba el pescuezu. Con patatinos, arbeyos y pimientos. Riquísimo. Postre: arroz con leche en platu hondu, frixuelos rellenos de avellanes, bartolos de la casa, casadielles y tarta de manzana. La muyer ni se sentó a la mesa, no paraba de traer y llevar platos pa la cocina. ¿Quedasteis con fame, fíos? No cociné más. ¿Fríovos un par de güevos y unes rajes de adobu pa caún? Los mis amigos miráronse uno a otru con cara de pijos. No, señora, quedamos bien. Todo estaba riquísimo, dijeron al unísono. ¿Dónde está el servicio?, preguntó el de la coral. Aquí no tenemos, dice la alcaldesa, hacémoslo detrás de casa, en el monte. Pues con su permiso, señora. Y se van los dos apretando las nalgas. Ya afuera, se agachan ambos entre los matorrales a diez metros uno de otro y allí permanecen durante más de quince minutos haciendo los honores a la opípara cena de sus anfitriones. Pasado ese tiempo el director, que siempre lleva la batuta, dice al guitarrista: «¿Trajiste papel?». Y, en un postrero esfuerzo, éste contesta: «No. Yo cago de oídu».
Entre los músicos llaman papel a la partitura, y entre los paisanos normales esto que les acabo de relatar llamámoslo «fartura». No volvieron a comer en dos días y eliminaron del mapa a Pola del Tordillo. Por eso no está, no se molesten en buscarlo.