LUIS ALONSO-VEGA
En poco tiempo, y aun no gozando de plena salud, fui a dos bodas. Si renqueando mostraba mis goteras, por el contrario el espíritu era optimista. ¡Viva el Tercio!, gritaba un buen amigo cuando las cosas no le pintaban muy bien que digamos. Y, así, en seguida me vi rodeado de buenos camaradas e, incluso, de antiguos compañeros de trabajo: difícil es no toparse hasta con familiares de uno, previamente ignorado. Vamos, que lo pasé bien de verdad en ambas. Más todavía, con esa gente tan simpática que no deja de contarnos chistes, anécdotas e historias que nos desternillan de risa, siempre narran alguna de ellas que sobresale de las demás. Claro, se la voy a contar, sobre todo, antes de que se me olvide a mí, y entonces...
Cuenta el contertulio de mesa algo que le pasó en primera persona, con lo que pone más énfasis en el hecho ocurrido. Dice que hace unos pocos años le invitaron a él, a su mujer y al resto de la prole a una boda «por todo lo alto». Que, lógicamente, el regalo fue en consonancia al boato de tal celebración. Y yo se lo creí, ¡cómo no! Añadía que, con eso del protocolo, hasta había recibido un inusitado tarjetón de agradecimiento: ¡qué detallazo! Mas, a partir de una posterior fecha indeterminada, enfrió la buena relación entre familias y nunca más volvieron a llamarse ni por teléfono: «Juro desconocer el motivo de llegar a ese extremo», decía. «¡Qué pena!, ¿verdad?», añadí yo por decir algo. Tal historia continúa entre plato y plato.
Siguiendo, dice nuestro amigo de mesa que, entonces, el que se casa es su hijo. No hay duda, al hacer la lista de invitados, también se tiene en cuenta a sus anteriores y «fríos amigos». Y, sin reserva alguna, para toda aquella familia salen por correo sus formales tarjetas con tres meses de anticipación. Para los allí escuchas la cosa se nos pone más interesante, «exigiéndole» que acelere el qué pasó después, porque ya estábamos en los cafés y licores, y el baile nos amenazaba. Y entonces, sorprendentemente, remató: «Pues nada, no pasó nada en absoluto. Todos los invitados recibieron la invitación menos "nuestros" amigos, por lo que parece. Ninguno dijo nada; nosotros tampoco, por si las moscas, y para qué vamos a hablar de regalos para los novios: carta pidiendo dinero, no recibida». Y, justo en ese momento, comenzó el vals que dio por finalizada la tormentosa historia.
No obstante el ensordecedor ruido con la música, sí dio tiempo a que el comensal nos dijese a grito pelado: «Vamos, que si yo sé esto ahora, mierda le íbamos regalar cuando se casó su hija». ¡Qué cosas se oyen en otras bodas! Y yo, entonces, cansado, me retiré.