Oviedo/ Felechosa,
Paula G. RODRIGO
El silbato del tren no necesitó sonar esta vez. Los pasajeros ya aguardaban sentados en sus asientos cuando la locomotora del «Costa Verde» arrancó su motor en la estación de Oviedo rumbo al Alto Aller. A bordo, 33 apasionados de los ferrocarriles que ven en este medio de transporte algo más que una forma cómoda de desplazarse. Una excursión diferente que durante algo más de once horas mostró a los curiosos aventureros bellos y desconocidos parajes asturianos.
Los paisajes desfilan a velocidad de crucero por la ventanilla del tren. Verde, montañas, ríos con caudales generosos, antiguos pozos mineros vigilan el paso del ferrocarril. Todos y cada uno de los elementos contribuyen a que la estampa sea, si cabe, más idílica. «Es un viaje tranquilo, a unos 60 kilómetros por hora de velocidad media; con el tiempo marcado pero con un ritmo más lento que un servicio de viajeros, para que también se pueda ir disfrutando de las vistas», explicó Alejandro Medina, responsable de trenes especiales y eventos de Feve.
La primera parada, a las diez y media de la mañana, fue en la estación de Moreda, donde esperaban el alcalde de Aller, Gabriel Pérez Villalta y el director de Feve, Amador Robles, además de un gaitero y un tamboritero que recibieron con música popular asturiana a los pasajeros. Bienvenida oficial y rumbo al autobús que se encargaría de llevar a los excursionistas por el itinerario marcado. Celia Vilar, su guía turística y nueva compañera de viaje se sumó a los 33 componentes que conformaban la expedición.
Primer punto del itinerario: la Torre de Soto, último retazo que se conserva del antiguo castillo de mismo nombre construido en el siglo XI. Es un monumento del que los vecinos de la zona están muy orgullosos, como Rosario González, que amplió los datos ofrecidos por Vilar con una fotografía de 1947 en la que se podía contemplar la arquitectura casi intacta.
Camino arriba, tras recorrer una senda en pendiente aparece la ermita de Miravalles. Después de todo, parece que el pequeño paseo ha merecido la pena. El templo está emplazado en un entorno envidiable, donde el frondoso bosque y el sonido del fluir del río invitan a una calmosa tranquilidad. En medio de una verde pradera, la pequeña Iglesia protagoniza la bonita fotografía. «Cuentan las leyendas, que de la parte superior del edificio nacen tres avellanos que la Virgen hizo crecer por no construirlo donde ella mandó, cerca de la fuente», relató Vilar a modo de anécdota ante la mirada atenta de su público.
Bello, salvaje, selvático, frondoso... son pocos los adjetivos que se pueden dedicar al entorno de las Foces del Río Aller. Un paraíso por donde los excursionistas pudieron dar un paseo a pie, e incluso, otros, como Mercedes Cassanya, cogieron alguna que otra mora que nacía cerca de la senda. A pesar de ser un viaje tranquilo, para descansar, si se quiere ver todo lo previsto no se pueden hacer paradas excesivamente largas. Por eso, muchos de los viajeros tomaron nota para volver en otra ocasión.
Una pausa para comer y recobrar energías, que la tarde es muy larga y aún quedan muchas cosas por hacer. Para ello, la mejor manera sin duda, es darle al cuerpo un buen pote asturiano, unas «truchinas» hechas con jamón serrano y de postre, «algo típico de aquí, el panchón», explica Vilar, la experta guía. La fábrica de Miel Río Aller, la visita al Molín de Peón y un buen paseo por la senda verde ayudaron a bajar la comida.
Cansados, pero satisfechos, los viajeros suben de nuevo al tren que les lleva de regreso a Oviedo, donde más de once horas antes, comenzaron su jornada. A la hora de hablar de resaltar lo más destacado del viaje, muchos resaltan la belleza del paisaje visitado, y más de uno manifiesta su intención de repetir en otra ocasión.
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