RICARDO
V. MONTOTO
Algo va mal, pero que muy mal, cuando hay que legislar para defender a los profesores de los alumnos -y sus papás, que los hay para encerrar-. El otro día me quedé estupefacto con la noticia de que en una localidad madrileña los vecinos estaban aterrorizados por una niña de, atención, ¡12 años! que se dedicaba a amenazar y extorsionar a todo bicho viviente. Claro, por un lado, la criaturita debía de ser bastante desenvuelta, pero, por otro, gran parte del miedo provenía de la condición de «intocable» de la menor delincuente. Porque como a alguien se le ocurriera ponerle la mano encima, se arruinaría la vida. Y, obviamente, la mocita lo sabe y lo explota. Así que, hala, a jorobarse. Dame el móvil; toma. Dame la pasta; toma. Como me toques, te denuncio; pues vale.
Dice Areces que está en contra de las medidas de protección del profesorado anunciadas por Esperanza Aguirre, supongo que más por sectarismo que por otro motivo -ya saben que darle la razón a un oponente político resulta intolerable-. Tini es partidario de la convivencia, que es un término precioso. Habrá que ver qué opina sobre el particular el maestro que sufre las amenazas del papaíto de alguno de los bestiajos con los que tiene que lidiar. Me temo que el problema se nos está yendo de las manos. Las que comenzaron siendo conductas esporádicas han alcanzado tal relevancia que merecen leyes. Somos conscientes de que los valores que propugna esta sociedad son equivocados y que acabarán destruyéndonos. Y, sin embargo, no cambiamos.
No hay más cultura que el dinero, llegue del modo que llegue. Inundamos a niños y jóvenes con violencia. Los enganchamos con videojuegos agresivos y a las horas en que se sientan ante el televisor no emitimos más que imágenes de asesinatos, violaciones y otras temáticas escabrosas, o el colmo de la vulgaridad en forma de cotilleo. Y terminará ocurriendo como en algunos países africanos en los que la violencia es tan normal, tan habitual, que para un niño nada tiene de especial descerrajarle un tiro a un fulano, así, sin más. Si la vida carece de valor, matar, violar, agredir son actos intrascendentes.