RICARDO V. MONTOTO
Puesto que el movimiento sindical reposa plácidamente, a pesar de que estemos en una fase de destrucción de empleo como pocas veces se vio, y que su interés se centra actualmente en su propio sistema de colocaciones -que sigue funcionando de maravilla-, las únicas manifestaciones callejeras son las que protagoniza el Club Deportivo Santa Marina. Todos los días, allá a la una y media, sus miembros se plantan ante el Ayuntamiento y ejecutan su concierto de silbatos y tambores en reivindicación de un lugar donde poder entrenar y jugar al fútbol. Al parecer, la caótica organización de los campos municipales existentes ha dejado a los del Santa Marina, en la práctica, sin posibilidades de uso de esas instalaciones dentro de unos horarios razonables.
En justa reivindicación, tenemos sonido de viento diario bajo el balcón del alcalde de Mieres. Y como es cierto que «quien la sigue la consigue», estoy convencido de que finalmente se logrará que todos esos chavales puedan practicar su deporte preferido. Leo que una de las soluciones podría ser la construcción de un campo de fútbol dentro de los recintos universitarios. Pero, si no recuerdo mal, eso ya se propuso en su momento y fue descartado al considerarse que no había espacio para algo tan grande. La solución finalmente adoptada fue la de un campo de fútbol 7, o sea, ni chicha ni limoná, ni carne ni pescado.
Ahora, un par de añitos y un campo de fútbol 7 después, consideramos procedente gastar otro pastón en algo que previamente fue desestimado. Está claro que los que toman las decisiones son unos genios. No olvidemos que se habla de enterrar otro medio millón de euros, que al menos yo considero una pasta. Alguien debería explicar cómo es posible que lo que no cabía hace dos años quepa ahora. Me parece excelente que dispongamos de abundantes instalaciones deportivas, pero siempre dentro de una lógica. Los fondos mineros deben destinarse a la regeneración del tejido económico y no a plantar campos de fútbol unos encima de otros. Y, además, de qué sirve tanta instalación si al final está todo cerrado a cal y canto o se organiza rematadamente mal.