RICARDO V. MONTOTO
Viendo por la tele la Vuelta Ciclista a España se da uno cuenta de que la mayor parte de este país nuestro es un secarral impresionante. Me gusta el ciclismo televisado, porque, además de disfrutar del deporte en sí, se ven paisajes, pueblos, montañas, que ayudan a hacerse una idea de cómo es el lugar por donde discurre la carrera. El Tour resulta apabullante por lo verde del recorrido, con carreteras que discurren entre bosques, innumerables ríos y poblaciones extremadamente cuidadas. El Giro transmite más contrastes, desde las colosales cumbres alpinas hasta los paisajes terrosos del Sur, pero todo dentro de una cierta armonía, con pueblos que mantienen su historia, en los que hasta las fachadas descascarilladas significan algo.
Pero es que el 90% del paisaje visto por televisión durante la Vuelta era yermo, amarillo achicharrado por el sol, carreteras que cortaban eriales estériles, con aspecto de abandono y desolación. Poquísimos árboles y cauces resecos. Y una constante: en cada población transitada por los ciclistas había alguna construcción a medio hacer, esqueletos de edificios en los que nadie trabaja porque debido al ansia de enladrillar un país entero todo el tinglado se ha venido abajo. Ahora lo tenemos todo cuajado de estas modernas ruinas, monumentos a la estupidez de muchos y la codicia de unos cuantos.
De verdad que aquello parecía la vuelta ciclista a algún país desértico de Oriente.
Salvo el extremo norte, además de contadas excepciones, España parece estar convirtiéndose en una gigantesca llanura esteparia en la que escasea el agua -fundamentalmente porque se distribuye mal y se despilfarra alimentando cultivos excedentarios- y que destruye su masa forestal para sustituir los árboles por pisos que ahora nadie puede pagar o cosechas que justifiquen subvenciones.
Lo poco que va quedando está siendo quemado verano tras verano.
Menos mal que los asturianos tenemos la inmensa suerte de vivir en un territorio en el que la naturaleza tiene una resistencia formidable. A pesar de hacerle el máximo daño posible, hormigonándolo todo, contaminando ríos, perforando montes, machacando la costa, aún aguanta y nos regala toda su riqueza. Pero, claro, todo tiene un límite.