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RICARDO V. MONTOTO La luz de reserva alertaba y el ordenador no daba más de veinte kilómetros de autonomía. Pero por aquella carreteruca sólo había campo. Ni gasolineras, ni tan siquiera coches. Ya me veía aparcando en la cuneta para continuar a pata cuando llegué a un cruce que señalizaba un pueblo próximo. Recorrí despacio los cuatro kilómetros anunciados hasta que, por fin, en la entrada de la localidad, divisé una pequeña estación de servicio junto a lo que parecía ser un bar. El gasolinero lucía mono azul mahón y palillo entre los dientes, y no apretó el gatillo de la manguera hasta que le enseñé los 50 euros.

Los nervios me habían aflojado la próstata, por lo que entré en el bar contiguo. De las paredes colgaban fotografías antiguas de futbolistas del Real Madrid y las pocas mesas de formica estaban ocupadas por ancianos de piel curtida como el cuero que jugaban a las cartas. Olía a farias y solisombra. Detrás del mostrador volví a encontrar al gasolinero y en un extremo dos paisanos de boina calada conversaban animadamente. Tras la placentera evacuación en un urinario «de época» -calculo que de los años cincuenta-, pedí un refresco, que sólo me fue servido, con penetrante olor a gasoil, tras mostrar una moneda de dos euros. A nadie pareció interesar mi presencia. En éstas, la conversación de los de la esquina subió de volumen hasta que uno de ellos, golpeando el puño sobre la barra, sentenció en voz alta: «Jenofonte, discípulo de Sócrates, dijo que la agricultura, para un hombre honorable y de alto espíritu, es la mejor de todas las ocupaciones y artes por medio de las cuales puede procurarse el sustento». «¡Qué razón tienes, Olegario!», se oyó desde el otro lado del bar.

La bebida que estaba a punto de tragar se me salió por la nariz con gran estruendo, salpicando el suelo y calándome la camisa. Todos se giraron para observarme en tan vergonzoso trance. «¿Se encuentra usted bien, joven?», se interesó el admirador de Jenofonte. «Sí, es que la gente de ciudad ya no está preparada para los clásicos», repuso uno de los vejetes de la mesa de la derecha. Y todos continuaron a lo suyo.

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