Gijón, Miguel Á. GUTIÉRREZ
Apenas duró un minuto, pero se hizo interminable. Como una pesadilla surgida en medio de la noche, el terremoto que el pasado mes de abril azotó L'Aquila, en Italia, dejó a su paso un rastro de ruinas, cientos de heridos y 307 fallecidos. Pudieron ser más. Un armario, un cabo de Palermo y el recuerdo de una soleada playa del Adriático Tirreno evitaron que un joven de El Entrego se convirtiera en la víctima mortal número 308. «Los escombros son muy fríos; intenté distraerme y pensar en una playa, en sol, calor». Juan Fernando González Condón, el único español herido en el seísmo, pasó más de ocho horas sepultado bajo cinco metros de piedras y cascotes. Tras verse sorprendido por el terremoto, no se hizo muchas ilusiones sobre su suerte. «Cuando el suelo se hundió bajo mis pies y me vi bajo los escombros pensé: la cagué, aquí se acabó todo».
González, de 34 años, es licenciado en Historia del Arte y da clases de informática y fotografía. Para este reportaje ha preferido que no se publique ninguna fotografía suya. En los últimos años ha vivido a caballo entre España e Italia. En Asturias ha dado clases en la Universidad Popular y en el país transalpino trabajó como profesor de instituto en Siena. Sólo llevaba ocho horas en L'Aquila, adonde había acudido a visitar a su novia, que falleció en el seísmo, cuando lo sorprendió el terremoto, en una casa situada en el centro histórico de la ciudad. «El primer temblor, de unos cuatro segundos, fue sobre las once de la noche y nos pilló cenando; me lo tomé como algo curioso, nunca había vivido ninguno».
El segundo temblor, también de escasa entidad y duración, y registrado un par de horas después ya puso en alerta al joven de El Entrego, alojado en la cuarta planta de un edificio de otros tantos pisos construido de ladrillo. «Ahí ya me asusté bastante. Fueron cuatro o cinco segundos, pero me pareció un siglo. Salimos a la calle y miramos toda la casa para comprobar que no hubiera grietas. Todo estaba en perfectas condiciones, así que volvimos a entrar en el edificio y nos fuimos a la cama».
Sobre las tres y media de la madrugada llegó el terremoto. «Me desperté, estaba a oscuras y sentí que se movía todo. Mi primera reacción fue ponerme en pie, pero la casa me zarandeaba y me desplazó un metro a cada lado», rememora González. «A partir de ahí todo quedó en calma. Sentía presión en el cuello y los riñones, y tenía la pierna aplastada. Para mí el terremoto duró 4 o 5 segundos, no me enteré del resto».
Tras los primeros instantes de aturdimiento, González, que no perdió el conocimiento en ningún momento, fue consciente de lo delicado de su situación: aprisionado bajo una montaña de cascotes, con varias heridas, boca abajo y con la única posibilidad de mover ligeramente la pierna izquierda y las manos. «Cuando me vi bajo los escombros creí que era el final. Lo primero que hice fue despedirme de esto. No vi una luz ni mi vida pasó en un segundo por delante de mí. No sé qué frase lo definiría, pero podría ser una especie de la cagué. Se acabó». A pesar de todo, el joven entreguín mantuvo la calma. «Al recuperarme del aturdimiento me dije, bueno, nada, acabóse, qué vamos a hacer. Aun así, pensé en aguantar lo máximo posible y esperar a que viniera alguien, tampoco iba a ponerlo tan fácil; en ese momento no era consciente del alcance del terremoto», explica.
Durante las primeras cuatro horas González estuvo perdido bajo los escombros, sin que los equipos de rescate tuvieran conocimiento de su paradero. En ese tiempo hizo gala de un gran autocontrol que, según él mismo reconoce, se desvanecería más tarde. «Me dije: voy a intentar respirar despacio y pensar en otras cosas, para no agobiarme y que el aire dure lo más posible». Sus pensamientos lo llevaron a una soleada playa del Adriático Tirreno. «Intente imaginarme que estaba en una playa de la isla de Elba que me gusta mucho. Los escombros son superfríos y con la sangre que perdí, estaba helado. Sólo quería pensar en sol». Otra distracción fue reconstruir mentalmente la preparación de una clase de fotografía.
Sin embargo, los intentos de evasión mental no ayudaban a liberarse de los cascotes. El joven asturiano, atrapado bajo cinco metros de piedras, quedó parcialmente protegido por un mueble. «Me cayó un armario encima, así que justo sobre mí tenía poco escombro. Sí que tenía cascotes sobre la cabeza y la pierna aprisionada por una montaña de libros; es la cosa más graciosa del mundo, pero el armario me salvó la vida».
Durante tres horas en las que el móvil no dejó de sonar, González, que siguió sintiendo temblores de escasa magnitud, pasó inadvertido bajo los escombros. «A la tercera hora, más o menos, según los cálculos que hice después, escuché ruidos de gente que se movía encima de mí. Traté de gritar, pero imagino que mis voces sonaban arriba como un susurro». El movimiento era de un grupo de rescate formado por un destacamento de soldados que habían ido en busca de unos estudiantes. Dos de los soldados, Daniele Ferrara y Daniele Lipari, ambos de Palermo, decidieron buscar en otra zona, justo sobre el sitio bajo el que se encontraba González.
La espera se hizo interminable. «Una hora después de estar retirando escombros fue cuando me oyeron gritar. La cosa más curiosa es que cuando me escucharon todo mi autocontrol o concentración se va. Hasta entonces ya estabas muerto y ahora podía salir, así que me puse histérico». La operación para rescatar al joven asturiano se demoró cuatro horas más. «Ellos me decían que ya estaban llegando, aunque en realidad no tenían ni idea de dónde estaba, hasta que en un momento dado entró luz donde yo tenía el pie. Era peligroso porque si quitaban la piedra equivocada podía venirse todo abajo; lo comentaban entre ellos y lo peor es que yo lo oía todo; había que hacerlo despacio, piedra a piedra», relata González.
«El pueblo italiano es más religioso que nosotros y los soldados me sacaron porque se lo dijo Dios. En el tiempo que estuve bajo los escombros no recé ni me encomendé a nadie; sólo recuerdo que pensé: si existes, sácame, no seas cabrón», bromea el joven de El Entrego, que sí tuvo tiempo para reflexionar sobre ciertas ironías del destino. «Soy hijo de minero y nieto de minero; todos mis familiares estuvieron enterrados en alguna ocasión. El primero que no era minero era yo y acabé enterrado también».
Tras ocho horas de cautiverio bajo los escombros -«Me dijeron que, como mucho, habría aguantado una hora más»- el joven asturiano salió al exterior. «Quien me localizó, entró a sacarme y se jugó la vida fue Ferrara, con la ayuda de Lipari. Durante mucho tiempo estuve con el cuerpo descubierto y la cabeza aún aprisionada. Yo cada vez estaba más nervioso y ellos bromeaban para calmarme», rememora.
Una nube de soldados, personal sanitario y periodistas recibió al fotógrafo asturiano. «Cuando me sacaron, creí que estaba bien, que me levantaría y me iría sin problema, pero caí redondo», explica González, que añade: «En la camilla iba mirando para el cielo y se movía para los lados, como una montaña rusa. La gente aplaudía. Me preguntaron si el móvil que encontraron allí era el mío y dije que sí; en la ambulancia, mandé un mensaje a mi madre para decirle que estaba bien, aunque todavía no sé cómo pude hacerlo». González fue trasladado a un hospital de la ciudad de Avezzano, donde pasó mes y medio ingresado en la unidad de reanimación, sin que sus padres se separaran de su lado. Diversas complicaciones de riñón, pulmón y estómago hicieron que los médicos temieran por la vida del joven en más de una ocasión.
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