JOSÉ MANUEL BARREAL
Araíz de los conflictos que acontecen en las aulas, antes y ahora, con respecto a la puesta en duda de la autoridad del profesorado ha vuelto a surgir el debate sobre la cuestión de la violencia escolar; pero ahora enmarcada en la figura docente. Parece como si la educación y la enseñanza escolar no pudiesen «dormir en paz». Aprovechando el eco han surgido propuestas hacia una ley que dote al profesorado de autoridad, poniendo el énfasis en la necesidad de reforzarla; y no sólo eso, sino que su palabra «vaya a misa». ¿Y qué es realmente, a fin de cuentas, la autoridad que se reclama?
El concepto autoridad, en nuestra lengua, etimológicamente está vinculado con el prestigio, la importancia y el valor de algo. También significa ejemplo, modelo. La autoridad, así entendida, no sobreviene como una gripe, desde afuera, sino que, más bien, es algo interno, un elemento constitutivo de aquello a lo que reconocemos autoridad. Por lo tanto, nadie se inviste de autoridad -y menos, los profesores- por el hecho de promulgar una ley en la que se la refuerce ampliando, sin más, su potestad de expulsar y sancionar y, sobre todo, sacralizando su palabra. Es obvio que los profesores dicen y hacen cosas razonables sólo cuando las dicen y las hacen.
Si digo que la relación profesor-alumno y familia-profesorado nunca fueron un camino de rosas, no descubro nada. En los años sesenta y setenta, la escuela, como institución, asumió un papel protagonista en la educación de la infancia y de la juventud. Mantenía estrategias que impedían la intervención de las familias en el desarrollo académico de sus hijos; postura que, a mi juicio, restó valor al trabajo educativo y de socialización de los escolares. Además, en esos años y anteriores, deberíamos admitir que éramos los chavales los que resultábamos abofeteados por los profesores un día sí y otro también. Y a ese acto, por otro lado impune, de abofetear lo llamaban autoridad y respeto. Algunos docentes sí se creían «dios» y al alumno «un mono».
La escuela se percibía como una institución útil, los hijos e hijas podían conseguir con ella una posición social mejor que la de sus padres. Hoy nada de eso sucede. La escuela no tiene la autoridad de antaño. La juventud sabe que los estudios no le garantizan nada, ni aun con el famoso 10 de nota. El mercado laboral es un zoco en el que la precariedad y la explotación campan a sus anchas. Con este panorama, ¿qué autoridad se reclama? Es importante saber qué clase de autoridad es la que se quiere tener en el aula. Entiendo que no es la de aquel profesor denunciado en una carta, desde Caborana, a este periódico en la que comentaba: «? se manifiesta el acoso escolar que puede sufrir un alumno por parte de un profesor? llegando a olvidar aquellos derechos que tanto la Constitución española como la declaración universal de los derechos humanos reconocen a las personas, que son libertad, dignidad y respeto». (LNE, 18-12-06). O la del maestro que aún insulta y pega al alumno y a la alumna. ¿Hechos aislados? Pues sí. No es lo normal actualmente en los centros escolares. El profesorado es un colectivo preparado y profesional, volcado en su trabajo. ¿Vamos, entonces, a juzgar a los profesores y al sistema educativo, por esos casos lamentables pero aislados? Efectivamente, no. ¿Por qué, entonces, siendo como son casos aislados, más o menos serios, la indisciplina de aula se generaliza y se utiliza desde sectores del profesorado? ¿Por qué sectores de enseñantes están instalados en la constante «cultura de la queja?».
Que existen problemas en ciertos IES no se pone en duda. De tal manera que, según investigaciones de campo, se pueden inventariar más de 130 formas distintas de interrumpir las explicaciones del profesor y profesora. Sobre este comportamiento, a todas luces inasumible por el enseñante, una parte del profesorado señala a la familia como culpable. Pierre Bourdieu (sociólogo francés fallecido en 2002), cuando hablaba de estas cosas, no sólo señalaba las escuelas sino que recuerda el primer papel del entorno inmediato y privado en el que se cría el futuro ciudadano: la familia, una forma de organización que aunque ofrezca casos de borreguismo peligroso nunca va a ser sometida a un debate público mínimamente riguroso.
Así, el conflicto se instala en la relación escuela-alumno-familia; pero ello, en sí, no debería resultar problemático, sino enriquecedor. No es pensable una sociedad «buenista», sin conflictos. Si la autoridad escolar que se reclama es la de huir o solventar conflictos por ley, mal vamos. El profesor y la profesora tienen el poder y la autoridad que les confiere su cargo. No se puede ver al alumno como el enemigo a batir. Habría que dejar de apelar, por obsoleta jeremiada, de que la LOGSE tiene la culpa, recurso recurrente por quienes, tal vez, no tengan claro qué se entiende por autoridad profesoral.
No se puede endosar la culpa de lo que sucede en algunos IES sólo a causas externas; ¿no habrá alguna culpa interna? Porque la falta de acuerdo entre el profesorado para identificar las conductas tanto de indisciplina como las disruptivas, es decir, la ausencia de un concepto común sobre el tema, es un hecho que está presente en muchos claustros de centros escolares.
No se somete a duda en este artículo, sino que parece razonable, la necesidad de apoyo al papel del profesorado, tanto por las familias como por la administración educativa. A mi juicio, pasaría no precisamente por la tarima o por el usted -aunque en el tratamiento hay gustos, siempre que sea con respeto-, sino por liberarlo de situaciones cuya solución escapa de sus posibilidades; así como dotarlo de medios y recursos pedagógicos y asistenciales capaces de solventar realmente los posibles problemas.
Recurrir y apelar, sin más, a las sanciones no refuerza la autoridad de nadie, pues sólo alimenta, básicamente, el miedo, la distancia y el empecinamiento del sancionado. Además, una mayoría de profesores y profesoras comparten que resulta saludable para la mente del estudiante no engullir y metabolizar sin más, por razón de su autoridad, cuanto digan, piensen, ordenen o decidan ellos y ellas.