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«Clandestin@s»

n Un cortometraje realizado por entreguinos que invita a reflexionar sobre el racismo y la xenofobia

 
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«Clandestin@s»
«Clandestin@s»  

HERI GUTIÉRREZ Hace una semana, en el Teatro Municipal de San Martín del Rey Aurelio, se respiró una bocanada de aire fresco cuando un par de jóvenes de El Entrego; Sira y Asur presentaron su ópera prima en esto del mundo del cine. Hasta ahí todo perfecto. Sólo con pensar que esta nueva iniciativa cultural, unida a la del día anterior de Marino Franco y el grupo de teatro de «La Cascaya» veían la luz, ya podíamos darnos por contentos. La intención de «Clandestin@s» era, desde mi honesta opinión, dejar en paños menores las vergüenzas y toda una serie de falacias varias reunidas en torno al pútrido mundo del racismo y la xenofobia. Y a fe que lo consiguieron, el público allí asistente así lo corroboró. De cine entiendo lo justo; saber si una película es buena o mala es bastante subjetivo, personal e intransferible; incluso los grandes críticos dudan o discrepan sobre una obra maestra. Los amigos de la tertulia cinematográfica «Sala Oscura», de Langreo, saben mucho sobre ello, lo certifica su excelente labor durante dos décadas. Yo puedo decir que una película me interesa si me conmueve, y ésta lo hizo.

Planteaba, sin excesos mórbidos, la delicada situación de los inmigrantes en el mundo. Hay un diálogo en el corto que lo resume todo: Luna, la prota, dice al motero incógnito: «¿Por qué no te quitas el casco?», y él le contesta: «Porque sin el casco soy un inmigrante y con él soy como tú». La esencia y alma del equipo de dirección se muestra sin tapujos y se reivindica más aún con el frío e iracundo cruce de miradas entre el padre de la chica y el «pizzero» antes de la intuida pelea que inteligentemente se elude. Pero no quiero desvelar más sobre la obra porque estropearía la ilusión que en ella vive. Y no sería justo

Desde aquí sólo quiero sumarme con esta modesta columna a la causa abierta por Sira y Asur, porque en un mundo globalizado no cabe hablar de discriminación por sexo, edad, condición o nacionalidad, ni por conciencia o creencia, si queremos seguir evolucionando en esta era de progreso, en la que nos asomamos a la ventana de un nuevo milenio con el riesgo de quedarnos con los pies colgando.

Hace nueve millones de años, a raíz de un gran movimiento sísmico que dividió África en dos, los homínidos y los grandes simios comenzamos a seguir signos distintos. Y el viernes anterior a la obra, apareció «Ardi», considerado dos millones de años mayor que la que se había considerado como abuela de la Humanidad, «Lucy». Ese «Ardipithecus» parece decirnos con su aparición que no podemos mirar con un ojo hacia los senderos de la evolución y contemplar con el rabillo del otro cómo la sociedad se corrompe porque algunos la vician en sus entrañas. Berlusconis y sátrapas similares para los que las personas son sólo una envoltura perecedera, a las que usan para pasárselo bien durante un fin de semana, en su mansión del Príamo, a costa del erario público, no pueden tener cabida en un mundo sin fronteras, de igualdad y progreso.

Desgraciadamente, la civilización occidental prostituye el sentimiento de todo aquello que, siéndole extraño y atemporal, le sirve de placebo para hacer un poco más soportable su inmunda existencia, y siempre sin importarle a quién se pueda llevar por delante. Lo más dramático es que ejemplos como los del pirata la patada, que no la pata, del palo, sea cual sea su nombre de pila, cunden con crédito infinito entre los jóvenes y no tan jóvenes. Los cantos de sirena que nunca se cumplen luego y los pactos, de sangre, con Lucifer, en el momento de hacer frente a la deuda, son las diásporas del odio hacia el distinto, porque al perder nuestra autonomía personal y la capacidad para entender cuál es nuestro lugar en el mundo y la razón de nuestra existencia arrasamos con todo y todos, henchidos de amargo dolor y de vergüenza.

La tierra y sus recursos naturales son de pertenencia común, aunque los mapas en las aulas tengan los países pintados de diferente color para que los «escolinos» los entiendan a partir del simbolismo; por mucho que lo intentemos, nadie ha visto nunca la hierba francesa naranja, o la italiana, gris. El problema es que a veces el simbolismo mal usado o entendido genera entre los adultos desprecio hacia el que viene de otra patria, sobre todo si en vez de venir en un asiento de primera clase lo hace en el culo de una patera apiñado en un montón de carne, como las sardinas, quemado por el sol, el queroseno y la horas de navegación, vejado al llegar al primer mundo como tarjeta de visita por su imprudencia y temeridad al invadir el color acrílico de la tierra que nos vio nacer. Y con toda esa leche amarga son amamantadas las nuevas generaciones de infantes del primer mundo. Y es de lo que nos olvidamos, de que a lo largo de la historia humana todos somos emigrantes, apátridas sin destino cierto y vagabundos en las costas que nos guardan asilo temporal.

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