RICARDO V. MONTOTO
Se me revuelve el estómago cada vez que veo una fotografía de los «tirillas» del PP valenciano echándose unas risotadas, como si no pasara nada. Aplausos para Camps, carcajadas a discreción de Costa, apariencia de tranquilidad desenmascarada en cuanto la cámara se fija durante unos segundos más. Los gestos, los ademanes, revelan una tensión imposible de disimular.
Cada minuto transcurrido con estos fulanos en sus respectivos cargos supone una gota más en el vaso del tremendo insulto que está sufriendo este país. Ya tenían que estar todos en la calle. Porque los indicios son suficientes para que en el plano político se haga una limpia a conciencia. Ya llegarán las consecuencias penales.
Oír a Rajoy decir que esto hay que tomárselo con cierta indiferencia supuso, en mi opinión, asistir al comienzo de los funerales de un cadáver político. Porque el gigantesco tinglado que se está desvelando -gracias a la iniciativa de un concejal popular despechado por no haber recibido «su parte»- cuyas ramificaciones corren como un reguero de pólvora, le va a estallar encima.
Nuevamente el PP se hace el haraquiri cuando las encuestas le dan ventaja (no por sus méritos, sino como consecuencia de la calamitosa gestión del Gobierno de ZP). Lo que se está destapando huele que apesta. La sospecha de corrupción alcanza a gran parte de la escala dirigente del partido. Y todos recordamos como si fuera ayer la espectacular boda de la hija de Aznar en El Escorial. De aquella foto ya se han caído unos cuantos. Y otros, incluso algunos actores principales del folletín, ya sienten cómo se está segando bajo sus pies.
Vivimos en un estado corrupto. Cuando no son unos, son otros, pero siempre hay alguien metiendo mano en la caja común y aprovechando el sistema político para forrarse. Las normas sobre financiación de los partidos están hechas para ser incumplidas, la casta política se ha preocupado en asegurarse condiciones de inmunidad y aforamiento para que la ley no le alcance como a los demás. Y lo peor es que el tufo de corrupción recorre todo el país de arriba abajo. Y casi todos tenemos ejemplos próximos en la cabeza.