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Perseguido

n Tener a la Guardia Civil detrás me pone nervioso

 
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Perseguido
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RICARDO V. MONTOTO Coronaba el alto de Pajares cuando divisé a un lado de la calzada, preparados para ponerse en marcha, a dos motoristas de la Guardia Civil. Decidí descender rápido para distanciarme de ellos. Entonces, de no se sabe dónde, apareció delante de mí una carroceta nonagenaria a velocidad de caracol. Mi gozo en un pozo. Línea continua. Ya estaban los dos agentes pegados al parachoques trasero. Una tortuga delante y la ley detrás. No sé a ustedes, pero tener a la Guardia Civil de Tráfico pisándome los talones me pone nervioso. Un ojo en la carretera, otro en el retrovisor y la mente acelerada tratando de anticipar los motivos por los que me iban a multar. Porque en ese momento no pensaba en otra cosa: multa al canto. Vamos a ver: carné, seguro, viñeta, ITV, bombillas de repuesto, triángulos de emergencia, el otro juego de gafas, la estampita de San Cristóbal. Lo llevaba todo, pero no me tranquilizaba. Además, tenía la impresión de que uno de los agentes sonreía. Mal asunto. Me multan.

La carrampla disminuyó aún más la velocidad obligándome a frenar. «Verás, ahora se me empotra un guardia contra el maletero y para qué quiero más. El carné de conducir, a la incineradora».

Línea discontinua. «Allá voy», pensé, forzando la vista como un camaleón, mirando a la vez hacia delante y hacia atrás. Intermitente y?, ¡coño!, que viene un camión. Freno. Los motoristas zigzaguean. Me veo preso. Aquello me recordaba el internado, cuando al hacer los ejercicios de matemáticas, el educador se situaba a mi espalda. No lo podía ver, pero lo sentía, atento, presto a darme un cogotazo en cuanto la cagara con la ecuación.

Por fin, en Pajares, la carroceta se desvió. Sólo quedamos ellos y yo. El trazado se me hacía cada vez más estrecho, las curvas más difíciles, los pasos por los pueblos, más angostos. Llegué a Puente Los Fierros escoltado por la pareja, sudando, taquicárdico, con dolor de ojos. Entonces, eché el enésimo vistazo al espejo. Ya no estaban. Habían desaparecido. Me embargó una cálida sensación de alivio que me llevó a hundir el pedal del acelerador. Me sentí, por fin, libre. ¡Huy!, ¿ese coche? Un flash. Mierda, el radar.

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