LUIS ALONSO-VEGA
Desde el primer día que dormí fuera de casa a los catorce años, empecé a sentirme como un extraño fuera de ella, de mí Oviedo querido. No se rían, por favor, pero para Gijón me mandaron cuatro días en plenas vacaciones navideñas, del 27 al 30 de diciembre, de Ejercicios Espirituales, ya saben y muchos recuerdan, a la Casa de Ejercicios de El Bibio. Probablemente a ver si me santificaban un poco, porque el demonio andaba revuelto a esa edad. Esa noche no dormí, primero, porque no era mí cama; segundo, porque todo me resultaba extraño; y, tercero, porque al otro día encontré una cita en el obligado breviario que estaba en la mesita de noche y que, escrito a mano por un lúcido sabedor, decía acertadamente: "aquí pasé el mayor frío de mi vida". Después vinieron otros días, otros ejercicios más píos que los anteriores y, por supuesto, con tan o más experiencia que otros compañeros, por qué no decirlo, de partida de cartas a las tantas de la madrugada y a la luz de una vela «pedida prestada» en la capilla. Y así comenzó mi errante vida por el mundo, o quizá mejor "en el mundo".
Más adelante, las camas extrañas nunca fueron un obstáculo para dormir: cualquier colchón era bueno y en bastantes ocasiones hasta de lana. Ya saben, de esos que uno se empozaba al acostarse y al despertar, comenzaba el día con aquella auténtica escalada para salir de la cama: ¡qué tiempos aquellos de lo ovino y lo de variar la lana!. Pero no había mejor cosa que ser joven y estar cansado para dormir pierna suelta.
Y, así, por primera vez en mí vida y durante casi cinco años seguidos, estuve de pensión: nunca tanto tiempo me mantuve fuera de casa y en el mismo sitio. Allí me sentí a gusto, me atendieron como a un rey, nunca queja surgió entre patrona y pupilo, y de allí me fui cuando me casé. Esa fue mi mejor etapa en Langreo. Solo me asusté en aquella primera jornada, cuando al sonarme salió negro por la nariz. Allí ya cortejaba antes de aterrizar en lo que fue y es bendita tierra, en aquel Valle. Allí tuve compañeros, luego amigos, después familia, más tarde más amigos y, más adelante, retorno a mí Oviedo que más adelante abandono por la meseta castellana. Pero Langreo pesa mucho en mi corazón y, cómo no, en algo tan profundo como el alma. Y seguí yendo, aún voy, y continúo teniendo amigos y familia con gran trato y mucho cariño. Y, por eso del arraigo, sigo perteneciendo a las sociedades de festejos de Santiago y El Carbayu.
Ya han pasado muchos años. Un buen día leo que se pone en marcha una asociación bajo el nombre «Langreanos en el mundo» y a punto estuve de inscribirme en ella: me sentía en ella, como en ella, algo mío. Pero la edad provoca reacciones tardías, hay que pensar los hechos antes de llevarlos a cabo y me dije: «¡Qué pinto yo entre esa gente, langreanos de pura cepa!». Y sigo pensando: «por nada del mundo me gustaría que uno de ellos me llamase fantoche por tal atrevimiento». Trabajé en Langreo, viví en Langreo, allí me casé, allí tengo muchas cosas y hasta convivo con sus raíces: me siento del aquel pueblo, de esa Villa, de su Comarca y hasta me permiten escribir, hasta ahora, en la edición de LA NUEVA ESPAÑA. Si alguno de ellos algo mío quiere, no tiene otra cosa que pedírmelo. Pero, lamentablemente, no puedo pertenecer ni marcarme como tal a dicha asociación. Sí me gusta, me presta el verla resurgir, el que tenga actividades y aúne a tanto «Langreanos en el mundo». Yo, si me lo permiten, seguiré siendo «un paisano más por el mundo».