Rioseco,
Miguel Á. GUTIÉRREZ
Un grupo de visitantes recorre la plaza del Ayuntamiento de Sobrescobio tratando de identificar los rincones vistos el día anterior en la televisión. Muchas banderas siguen colgadas en los balcones, las vallas todavía no han sido retiradas y una botella de sidra vacía ofrece indicios de que la noche ha sido larga. De vez en cuando, algún coyán cruza la plaza. Se le distingue bien de los turistas. Exhibe una sonrisa que será difícil de borrar en mucho tiempo. En el día después de la visita de los Príncipes y de la entrega del galardón de «Pueblo Ejemplar» a la comunidad vecinal de Sobrescobio, los habitantes de Rioseco coinciden en las conclusiones. «Fue inolvidable; será difícil que algo así se repita algún día».
Así lo asegura Covadonga Fernández mientras se acerca al quiosco para recoger la prensa, monopolizada de forma mayoritaria por portadas con la imagen de los Príncipes. «Ha sido un día maravilloso para el pueblo, histórico, irrepetible; espero que regresen algún día a hacer la ruta del Alba», manifiesta Fernández, que se deshace en elogios hacia los Príncipes de Asturias: «Don Felipe tiene todos los "ísimos". Es altísimo, guapísimo y majísimo». Una opinión parecida mantiene Ana Miyares, al tiempo que trata de localizar a algún conocido en las fotografías publicadas en los periódicos. «Ha salido todo muy bien y ellos fueron muy amables; la lástima fue no poder estar en todos los sitios a la vez por los que pasaban». Por su parte, Inmaculada Jiménez y Fernando Suárez, con casa en Villamorey, apuran sus últimas horas en Sobrescobio después de venir expresamente desde Madrid para asistir a la entrega del galardón. «Queríamos aprovechar para venir y ver a los Príncipes. La verdad es que ha estado muy bien», expresó Jiménez.
Si existiera la categoría, Sobrescobio también podría ser nombrada perfectamente huerta ejemplar. Olga Fernández miraba ayer con orgullo las berzas plantadas frente a su casa. Doña Letizia se llevó el sábado un buen puñado: «En algún momento de la visita comentó que le gustaban las berzas y que en Madrid no las había. Vinimos a casa y cortamos unas cuantas para regalárselas». La privilegiada posición de la casa de Fernández, justo en el camino de acceso al polideportivo, donde se celebró el multitudinario almuerzo en honor de sus Altezas, hizo el resto. «Le entregamos una bolsa y nos dio las gracias, porque dijo que le gustaban mucho», relata esta coyana.
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