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Dejad descansar a los muertos

 
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Dejad descansar a los muertos
Dejad descansar a los muertos  
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Les confieso que soy un lector de gustos raros. A pesar del aluvión de libros que llegan cada semana a las librerías cada vez me cuesta más encontrar entre lo nuevo algo que me guste. Hay ediciones magníficas con diseños tan atractivos que es imposible pasarlas de largo; luego, una vez abiertas, uno se da cuenta de que son más de lo mismo, así que no me avergüenza decirles que ya es habitual que me cabree y deje a medias aquello que empiezo con la mejor de las intenciones. De modo que para quitar el mal sabor de boca de una literatura que no me dice nada, vuelvo a releer a los mismos autores, con los que tengo asegurado el pasar un buen rato.

Cuando lo que quiero es distraerme, encuentro que hay pocas cosas tan atractivas como un buen cuento de miedo, un género que parece fácil pero que es muy difícil de conseguir. Hay miles, pero solo unos pocos hacen que se te quede la carne de gallina incluso después de cerrar el libro.

No se si ustedes recuerdan «El ladrón de cadáveres», de Robert Louis Stevenson. Es un magnífico relato de esos que una vez que se leen ya no se olvidan. Se publicó en 1884 y narra las vivencias de un médico que necesita cuerpos para sus estudios de anatomía y los consigue pagándoselos a un siniestro personaje que los busca en los cementerios. Casi al final del cuento se describe una escena en la que los protagonistas se confunden de muerto por culpa de la oscuridad de una tormenta y desentierran a quien no deben. Lo que pasa a continuación, si es que no lo saben ya, no se lo voy decir por si quieren sobrecogerse ustedes con esta narración imprescindible.

Hoy he empezado contándoles esto para que vean una vez más como la realidad supera siempre a la fantasía y es que sin salir de nuestros valles podemos encontrar historias tan morbosas como las que pudieron imaginar en su momento los mejores escritores de este genero. Piensen por un momento lo que podría haber salido de la pluma de Edgar Allan Poe si hubiese conocido el suceso que les voy a contar hoy y que sobrecogió a la aldea de Gallegos en el mes de enero de 1910, un lugar que los que siguen estas historias ya conocen porque, sin más explicación que la pura casualidad, fue escenario de varios hechos sangrientos en el primer tercio del siglo XX. Voy a ello.

El protagonista de esta historia se llamaba José Perera y era sobrino de un cura que había sido párroco de este pequeño pueblo de la montaña mierense adonde había llegado después de desempeñar el mismo puesto durante varios años en La Abadía, otra zona muy parecida de Gijón, que aún hoy sigue manteniendo sus características rurales.

Ambos, tío y sobrino, llegaron aquí juntos porque el primero cuidaba del segundo, un joven al que la prensa definió en aquellos días como idiota y al parecer algo demente. Dos términos que hoy ya no son más que insultos, pero que en 1910 formaban parte de la terminología médica: se llamaba idiocia o idiotez al trastorno caracterizado por una deficiencia muy profunda de las facultades mentales, congénita o adquirida en las primeras edades de la vida y demencia al deterioro progresivo e irreversible de las facultades mentales que causa graves trastornos de conducta en quien lo padece.

Justo lo que demostró con creces José Pereira cuando reaccionó de una manera sorprendente al enterarse de la muerte de José Casona, el molinero al que acostumbraba a llevar su maíz cuando tocaba. Y en aquel momento tocaba. Por encima de todo, incluso de la muerte. Él tenía que moler y no cabían excusas, así que no atendió a razones cuando le explicaron que no podía ser y que Casona ya llevaba enterrado seis días. Ante su insistencia, la familia del difunto intentó razonar con él repitiéndole una y otra vez la más irrefutable de las verdades: los muertos ya han dejado de trabajar para siempre y no pueden retornar a la labor que desempeñaban en vida por mucho que insistan los vivos, pero lo último que se le oyó decir al joven idiota antes de dar media vuelta para zanjar la conversación fueron unas palabras sin sentido:

-Ya haré yo que se levante.

Lo que siguió supuso la culminación de su locura. El sobrino del párroco se dirigió sin dudarlo hasta el cementerio de Gallegos y llamó a voces al difunto para que retornase a su molino. Cuando tuvo la certeza de que éste no quería abandonar su tumba, en vez de desistir, decidió pasar la acción, se arrodilló al lado del montón de tierra removida que formaba el pequeño túmulo y empezó a retirarla a puñados. Ni siquiera pasó por su cabeza la idea de ayudarse con una pala. Seguramente una mente racional lo hubiese hecho, pero no podemos esperar del mundo de un loco que atienda a nuestra lógica, de manera que José Perera tardó seis horas en llegar hasta el ataúd y aun tuvo fuerzas para sacarlo de la fosa y colocarlo en la superficie.

¿Ahora qué? Lo tenía delante y seguía sin atender a sus requerimientos, ¿Acaso aquel cadáver no pensaba salir nunca de la caja? No lo dudó y arrancó las tablas con las uñas: allí estaba, inmóvil y con los ojos cerrados, con una apariencia horrible y despidiendo un hedor tan insoportable que él nunca había olido nada parecido en su vida, pero aquello era lo de menos, lo importante era el maíz y había que molerlo.

Primero lo insultó y luego tiró de él hasta ponerlo de pie, luego lo zarandeó y se sorprendió de lo sucio que puede llegar a ser un hombre después de muerto y de lo que puede cambiar su aspecto, pero siguió moviéndolo y enfadándose cada vez más ante su falta de respuesta. Entonces le dio un par de bofetones y se fijó en que sus ojos estaban cerrados. Eso sí podía arreglarse y si no quería abrirlos por las buenas tendría que hacerlo por la fuerza, así que presionó sobre ellos con sus dedos para hacer que le mirase y?

Dar más pormenores sobre lo que sucedió a continuación no serviría más que para añadir morbo a este relato, pero si he llegado hasta este punto es porque justo entonces y en esa delirante faena le encontraron los vecinos de Gallegos cuando entraron en el cementerio.

Llevaban ya varias horas buscando al demente por las callejas y los prados cercanos al pueblo y aquel sagrado recinto era uno de los pocos rincones en los que no habían mirado todavía. Costó trabajo separar al loco de su presa y solo aquellos que tenían los estómagos más fuertes y lograron aguantar el repugnante olor que mancillaba el aire del camposanto pudieron hacerlo ante la mirada de espanto de los testigos de la escena, sobre todo porque el cadáver que había vuelto de la tierra no llevaba seis días enterrado sino dos meses.

Si el profanador había demostrado con creces su locura intentando resucitar a un muerto, también hizo gala de su idiotez al confundir el cuerpo del molinero con el de su vecino Felipe Canga, al que ya casi era imposible reconocer salvo por sus ropas y por la espantosa cicatriz del golpe de hoz que le había quitado la vida y que aún podía adivinarse en su rostro ¿Cabe más espanto? Seguramente no, y más si tenemos en cuenta que todo lo que han leído es cierto e incluso he tratado de suavizar los detalles más sórdidos para no quitarles hoy el sueño.

Cuando la prensa hizo público este suceso los lectores se estremecieron, luego con el tiempo la historia se fue repitiendo para asustar a los niños o entretener aquellas largas sobremesas de invierno en una época en la que la luz aún no brillaba en los hogares, de manera que la historia acabó por convertirse en un cuento y quienes lo contaban acabaron dudando de que hubiese sucedido en la realidad. Finalmente se olvidó y el cementerio de Gallegos volvió a ser un lugar de paz.

En cuanto al desgraciado protagonista de esta historia, decían que alternaba su demencia con algún momento de lucidez y cuando hubo pasado un tiempo, una tarde en la que parecía atender a las cosas de este mundo con normalidad, alguien le recordó el suceso para preguntarle si se arrepentía de su acción, entonces él, mirando de frente a su interlocutor, le dio la explicación que su mente enferma había pergeñando para justificar lo ocurrido aquel día:

-Estaba oscuro y todo el mundo puede equivocarse, eso fue lo que pasó. Ya podía yo reventar intentando que aquel volviese a trabajar al molino, ¿Cómo iba a hacerlo si no era el molinero? Hizo muy bien en quedarse quieto? y mientras tanto el otro allí metido y el maíz sin moler, ¡Vaya un vago!

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