MARCELINO M. GONZÁLEZ
Los bancos no hacen banca: no prestan, no asumen riesgos. Han sobrerreaccionado a la crisis financiera tras muchos años de crédito fácil y han cerrado el grifo a las pequeñas y medianas empresas. La ministra de Economía, Elena Salgado, asumió ese diagnóstico y anunció que el Gobierno va a poner en marcha una nueva figura, llamada «facilitador financiero», para canalizar las solicitudes de crédito de las pymes y autónomos a líneas del Instituto de Crédito Oficial que hayan sido rechazadas por bancos y cajas, con el objetivo de paliar esa disfunción del sector financiero. En total serán unas 70 personas contratadas, con un presupuesto global de 10 millones de euros anuales hasta 2012. Tanto los asesores como los prejubilados con experiencia en banca actuarán como intermediarios con las entidades para estudiar la posibilidad de encajar la solicitud inicialmente rechazada en alguna de las líneas ICO. Los bancos y cajas que después de ese segundo análisis otorguen más créditos tendrán premio: el Gobierno se compromete a aumentar la cobertura de morosidad de los créditos que se concedan en el marco de las líneas ICO. La nueva medida «no garantiza que la banca apruebe más operaciones», admitió Salgado.
Hasta aquí la noticia publicada la semana pasada en los diarios nacionales. Todo un notición que viene a dar un respiro a los casi doscientos mil empresarios y autónomos que han visto rechazadas sus solicitudes de crédito y que ahora podrán confiar sus proyectos a setenta jubilados que, antes de serlo, se dedicaban también a rechazar peticiones crediticias. Qué paradojas tiene esto de la política: cuando estaban en activo se dedicaban a joder al cliente y ahora de jubilados, ¿creen ustedes que van a hacer algo distinto?, además de embolsarse un pastón por su labor de facilitación. Con razón dice la inefable ministra que no garantiza que, por ello, la banca vaya a aprobar más operaciones. Pues eso, señora Salgado, los experimentos se hacen con gaseosa y no con los dineros del contribuyente. ¿O es que hemos entendido mal? ¡Claro!, lo que doña Elena quería decir es que, casi a pie de Navidades, el Gobierno rescatará a setenta veteranos para, aprovechando sus respetables y sabias canas, vestirlos de Santa Klaus y hacerles que feliciten las fiestas y regalen sonrisas a los pringaos que no saben cómo van a terminar el año y, ni siquiera, si empezarán el próximo. Eso es, «Felicitadores financieros», una figura económica creada al efecto para tiempos de crisis por quienes tienen el poder y la facultad de inventar artilugios que, además de no servir para nada, cuestan dos huevos, no uno. Señores, ya jubilados -supongo que cansados de la banca-, que tendrán que revisar miles de expedientes, ver por dónde pueden ser reformados, corregidos o abundados, para después defender ante sus ex colegas la bondad y la viabilidad de la concesión crediticia que, con toda probabilidad -como reconoce la propia ministra-, se denegará, como se denegó en un primer examen. Y su labor será visitar a los pobres e infelices empresarios y autónomos para decirles: felicidades, señor Sánchez, su solicitud ha sido estudiada y valorada positivamente, más que en la primera ocasión, pero, sintiéndolo mucho, hay otras que han tenido mejor acogida que la suya y que tienen más prioridad. Evidentemente, eso es lo que dirán a todos, o algo parecido a eso. Por esa labor cobrarán la nada desdeñable cantidad de dos millones de pesetas mensuales, al margen de lo que puedan percibir sus equipos, que los tendrán.
Duke y yo nos preguntamos cuántos puestos de trabajo pueden crearse con diez millones de euros durante tres años. Más de setenta, desde luego. Y servirían de salvación a familias humildes y no de enriquecimiento a cuatro enchufados o amiguetes de quienes mandan e inventan estos dislates.