RICARDO V. MONTOTO
Vamos a ver. Lanzo este reto a los lingüistas más avezados: en las cuencas mineras, la mayoría de los que inician una conversación con otra persona lo hacen con la pregunta «¿Oíste?». Ustedes fíjense, si no. Te encuentras alguien por la calle y al dirigirse a ti lo primero que dice es «¿oíste?». Pero bueno, cómo que «¿oíste?». Oigo y oiré, si no me queda más remedio. Pero que nada más llegar me preguntes si oí, cuando ni te he visto ni oído hasta ahora, pues resulta, como mínimo, raro. En todo caso, eso me lo deberías decir al término de la conversación, digo yo. Sólo faltaría que la contestación fuera «¿dijiste?». Como comienzo de una conversación, me reconocerán que no es muy normal. Insisto, piensen un poco y se darán cuenta.
Pero ahí no queda el reto, porque la segunda frase, tras el «¿oíste?» es «mira qué te digo». ¡Pero cómo que mire lo que me dices! Eso lo podría hacer si supiera leer los labios, pero puesto que no es el caso, soy partidario de escuchar e, incluso, oír lo que me dices. Para qué voy a mirarlo si no lo veo. Ni lo entiendo. Es una pérdida de tiempo. Bueno, pues ahí queda eso para que los sabios lo desentrañen.
El otro día, aprendiendo a bailar salsa -bueno, seré sincero, intentando aprender, que no es lo mismo-, la monitora se esforzaba en la explicación de unos pasos aparentemente poco complicados a la hora de ponerlos en práctica fue otra cosa. Entonces, nos dijo: «Tenéis que escuchar con la pierna izquierda». Y se quedó tan ancha. Hala, como si lo hiciéramos todos los días. Desenchufamos la oreja y permitimos que las ondas sonoras penetren por la zanca. Uno se queda atónito cuando, para progresar en cualquier actividad, se exigen tan extraordinarias facultades. No quiero pensar con qué habrá que escuchar cuando lleguemos a la lambada. De hecho, yo, antes de ser conducido a rastras a las clases de baile, ya advertí de mis múltiples incapacidades para el movimiento sincrónico del esqueleto. No me hicieron caso y, ahora, por si no fuera poco, me piden que escuche con la pata. Así no hay manera.