LUIS
ALONSO-VEGA
No es un problema de tristeza, de desanimado y, ni mucho menos, tener envidia de lo acontecido en octubre de 1934. Hoy son muchos los que escriben artículos, narran aconteceres varios, diferentes episodios, libros historiados y, añadiría, verdaderas enciclopedias. Primero sacaron a relucir «aquello» de 1931 y ahora vuelven a centrarse en intentar reproducir lo que supuso el «estallido» de la Revolución del 34.
Es curioso, así lo veo, que gente mayor cuente lo ocurrido a sus hijos o nietos cómo fue aquello, para que a su vez «alguien» escriba, rememore, cómo lo pasó de mal en bastantes casos. Haberlos haylos, porque historiadores con profundos estudios, catedráticos en su materia, pusieron en nuestras manos lecturas apasionantes, que no apasionadas y carentes de tinte político, serios tratados nada aburridos y que merece estar su contenido en la estanterías de nuestra, por pequeña que sea, biblioteca o librería de casa. Pero sólo eso, lo de los demás: mío no.
¿Y por qué no mío? Fácil explicación: en mi casa estaba prohibido hablar, con aquella larga frase, «cuando estalló la Revolución del 34». El veto era de mi padre. Cuando el 31 de diciembre de 1954 él fallece, quizá hubiese sido el momento para que mi madre me hubiese contado algo de aquello, pero con sólo 11 años y en segundo curso de Bachillerato, poco interés tendría. Además, con la notable ausencia del progenitor, aquella casa tenía otras preocupaciones más importantes para sacar una familia adelante, como que tardase exactamente dieciocho meses en recibir del Estado su pensión de viudedad.
Cuando sí empiezo a tener conciencia y constancia de lo que ocurre, repito, en aquella casa a partir de 1931 -aclaro que yo nací en 1943-, es mi madre la que ya «no tiene gana» de contar nada. Es más, revolviendo por alguno de los cajones del despacho de mi difunto padre, encuentro papeles diversos y documentación que considero de interés, es mi madre la que dice: «Rompe todo eso, quémalo: que no lo vea nadie». Naturalmente, el espíritu de la contradicción cuando se es joven, provoca que los guarde con más empeño aún.
Así que hoy, saco los pocos o muchos papeles viejos a relucir y me encuentro con dos documentos de 1934. El primero, un oficio del 28 de septiembre, firmado por el presidente de la «Asociación Católica Nacional de Propagandistas», en la calle Alfonso XI, 4.º de Madrid, donde admiten a mi padre como «socio Aspirante». Y el segundo, un oficio del 30 de octubre de la fiscalía de la Audiencia Territorial de Oviedo, donde le nombran «Delegado de esta fiscalía en el Juzgado de 1.ª Instancia de esta ciudad». Y así es mí historia, narración y pobre artículo de hoy, de lo que sucedió en una familia allá por el año 1934 que, primero se negó a hablar y, años más tarde, no se le apeteció. ¡Qué cosas!