RICARDO V. MONTOTO
Creo que ya lo confesé con anterioridad, pero estoy pasando la crisis de los cuarenta. ¿Y qué se siente? Pues yo la definiría como una menopausia mental de tomo y lomo, con todos los efectos especiales. Noto los sofocos intracraneales, me pongo tierno y súbitamente me cabreo como un gorila en circunstancias que antes carecían de importancia. Y si en el pasado me callaba pocas cosas, el mal se ha agravado y ahora soy incapaz de mirar para otro lado y mantener la boquita cerrada. Y es un problema serio. Se me agotó la paciencia para aguantar pelmazos, tostones y capullos. Es más, es que no me aguanto ni a mí mismo (pelmazo, tostón y capullo como pocos).
Me meto en la cama y no duermo con las visiones de gente a la que me gustaría despellejar. Y lo preocupante es que cada día la lista aumenta, con lo cual me quedo en vela hasta que canta el gallo.
Fíjense la gravedad del padecimiento: la tarde del pasado domingo me puse ante el ordenador a escribir la columna, al tiempo que escuchaba música variada por los auriculares del mp3. En éstas comenzaron a sonar las primeras notas del «Ave verum corpus» de Mozart y de inmediato los ojos se me llenaron de lágrimas. Me sobrevino algo parecido a una catarata de recuerdos, pocos segundos en los que me vi de niño de la mano de mi padre por el paseo de La Concha, corriendo por la playa de Maspalomas, sentí el latido desbocado del corazón justo antes del primer beso, el olor de la leña en la chimenea cuando en Navidades nos reuníamos todos, el suave perfume de mi madre y oí las carcajadas de mis amigos del alma. A la velocidad de la luz reviví Mieres, Camarles, Elgoibar, Las Palmas, Manzanares, Madrid, Saldaña? Una sucesión frenética de fotogramas de los momentos más bellos de mi vida. Fue tal el torrente de sensaciones que tuve que echarme hacia atrás para intentar tranquilizarme mientras las lágrimas recorrían mi cara. Entonces ella, que estaba en la cocina, me tocó en el brazo y me preguntó: «¿Estás bien?». Abrí los ojos, la miré y me sentí feliz.